¡SOY BOHEMIA ! ¿Y QUÉ?

Siempre me preguntan ¿que es ser Bohemio? les respondo : El Bohemio vive por vivir , se llena de angustia sin tener por qué, pero está alegre cuando otros no están.

El Bohemio vive su vida incansable de ideas ,algunas creativas y otras filosóficas, todas para hacer de su vida un paraíso. El Bohemio no teme, solo porque él vive su vida como quiere, ahora sin causarles daños a sus semejantes. Vive la vida con principios y hasta con responsibilidad pero hace lo que quiere cuando quiere. En la música encuentra pinturas, en las poesías encuentra música, y en las pinturas encuentra versos ...es así mientras que se bebe su copa y sin faltar un café en un bar escondido adonde solo se lee por la media luz y la atmósfera del tabaco. La noche es su tarima....ahi baila, canta, bebe, conversa y admira a otros como él. Se proclama el duende de la noche. Ve el mundo con otros ojos ...él ve colores en el cielo nublado, ve la melancolía en una rosa brillante en su esplendor.

Gracias a todos que entienden estas breves letras. ¡SÍIIIIIII!!!! ¡Soy una Bohemia !!! ¿y Qué?

Utiliza este servicio

Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

Premios de Cuento Juan Rulfo 2010‏

Atención:
cierra el 31 de agosto de 2010

Mayor información:
http://www.premiointernacionaldecuento.com/




Minibiografía de Juan Rulfo

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, más conocido como Juan Rulfo, nació en Apulco, municipio de San Gabriel, distrito de la ciudad de Sayula, estado de Jalisco, el 16 de mayo de 1917. Murió en la Ciudad de México, el 7 de enero de 1986.
Escritor, guionista y fotógrafo mexicano, perteneciente a la generación del 52.
La reputación de Rulfo se asienta en dos pequeños libros:
El llano en llamas, compuesto de diecisiete pequeños relatos y publicado en 1953,
y la novela Pedro Páramo, publicada en 1955.
Se trata de uno de los escritores de mayor prestigio del siglo XX, pese a ser poco prolífico.
Ha sido considerado uno de los más destacados escritores en la lengua española de este periodo, junto a Jorge Luis Borges, por una encuesta realizada por la editorial Alfaguara.

Concurso Literario “Modesto Parera” 2010, género Cuento (Chile)



Cierra el 30 de septiembre de 2010
Mayor información:
Web: http://www.circulodeescritores.org/
E-mail: circuloescritores@gmail.com

¿Quién fue Modesto Parera?
Modesto Parera, librero y escritor, durante seis décadas dejó su impronta de hombre culto y participativo. Arribó a Valparaíso a bordo del legendario "Winnipeg", el 3 de septiembre de 1939, junto a una legión de refugiados españoles convocados por Pablo Neruda en representación del entonces Presidente de la Republica, Pedro Aguirre Cerda.

Desde su llegada contó con la solidaridad del profesorado local atendida la condición docente del propio Modesto Parera y de su esposa Sonia.
Por su parte, el alcalde de la época, Pedro Pablo Pacheco Pérez, le ofreció un puesto en la Dirección de Obras Municipales donde sirvió durante dos años, al cabo de los cuales instala su primera librería, la que durante décadas se conocería como lugar de encuentro y acogida entre la intelectualidad porteña.

Integrado plenamente al medio local, su sensibilidad humana se manifiesta en diversos ámbitos: socio del Rotary Club de Playa Ancha, activo miembro de la Sociedad Liceo de la Igualdad, como destacado hermano en la masonería de Valparaíso y otras.
Sus inquietudes literarias lo llevan a publicar 13 textos de poesía y tres novelas. Integra la Sociedad de Escritores de Valparaíso, de la que fue presidente en diversos períodos. Cubre la crónica literaria semanal de "El Mercurio" de Valparaíso durante cuatro años. En 1992 la Municipalidad porteña le otorga el Premio de Literatura.

El 17 de enero de 2001, a sus noventa años, fue protagonista en la Feria del Libro de Viña del Mar, conduciendo un homenaje al poeta Antonio Machado, del que fue ferviente admirador.
Modesto Parera delata su preferencia por Machado, en su novela "La Sombra del Destino", en que sitúa a la protagonista Rosaura en un primer viaje a España: "visitó Baeza y Soria, las tierras de Antonio Machado, su poeta favorito".

Fue un librero que conocía cabalmente los libros que vendía, a través de los cuales acumulaba un caudal de conocimientos que su prodigiosa memoria hacía inagotables.
 
Fuente: El Mercurio de Valparaíso

Premio de Cuentos “Ciudad de Elda” - Alicante - España

14 de septiembre de 2010


Podrán optar al Premio de Cuentos “Ciudad de Elda” todas las personas que lo
deseen, presentando sus obras en lengua castellana, siempre y cuando lo hagan con relatos originales e inéditos, no habiendo sido publicados ni total ni parcialmente, ni galardonados en éste u otro certamen literario.

Mayor información:
Formulario de contacto: http://www.elda.es/index.php/es/inicio/1/contacto
Telf.: 965 38 04 02


Letralia

Certamen Estatal de Cuento y Poesía “María Luisa Ocampo"


13r Certamen Estatal de Cuento y Poesía “María Luisa Ocampo” 2010 (Guerrero, México)
24 de septiembre de 2010

El Gobierno del Estado de Guerrero a través del Instituto Guerrerense de la Cultura en Coordinación con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, convocan al 13r Certamen Estatal de Cuento y Poesía “María Luisa Ocampo” 2010.

Mayor información:
Telf.-Fax: (747) 47 2 70 51

Telfs.: (744) 4 84 38 14 y 4 84 69 08 11

Letralia

Premios de Literatura de la Universidad Central (Colombia)

Hasta el 17 de septiembre de 2010:


El área de Creación Literaria del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central convoca a los escritores colombianos a participar en los siguientes concursos literarios para el año 2010:

• Concurso Nacional de Novela Corta.

• Concurso Nacional de Cuento para egresados de la Especialización en Creación Narrativa y del TEUC.

Mayor información:
Telefax 3423790.
Conmutador: 3239868, ext. 4302
E-mail: mireyaucentral@yahoo.es

ORQUÍDEAS PARA CLARA - Un cuento de Delfina Acosta


Por un camino de polvo uno iba a la Farmacia Lázaro, y ahí, el farmacéutico, que llevaba una vida sedentaria, te contaba algún chisme, cualquier zoncera, porque gran cosa no ocurría nunca.
Todo era un asomarse a la ventana, y mirar a la calle, que al atardecer tenía un color sombrío y apagado, y luego, cansado del triste espectáculo volver a meterse en la casa para esperar que cayera la noche y echarse sobre el lecho.
En la casa de enfrente vivía una adolescente paralítica.

A las seis en punto de la tarde, una mujer robusta, con el cabello recogido en un pañuelo de colores, la sacaba al patio que daba a la calle, y la adolescente, de rostro pálido y pecoso, se quedaba como un ave sobre un tendido eléctrico, ansiosa por volar, pues había que ver cómo se le quitaba el rostro triste, y la elocuencia, las palabras en pleno aleteo, le dibujaban un semblante feliz.
En las otras casas, que eran pocas, las puertas permanecían cerradas.
La gente no caminaba al atardecer por la calle.
Y aquella conducta de sacar al perro para que paseara no existía pues las personas eran de vivir adentro, y escuchar la radio que pasaba música internacional, pero de las salidas del fuelle de un acordeón, del viento de un trombón y de las teclas de un piano, y no las que alcanzaban los pulmones de un vigoroso tenor italiano pues la tendencia era oír sólo el clamor de los instrumentos musicales.

Clara se aburría.
Era demasiado largo el tiempo que transcurría entre los cuerpos celestes, con fogonazos y apagones de luz; ella daría lo que fuera por atraer la atención de alguien, y luego pedirle que le contara todo, desde el principio hasta el final, o sea alfa y omega, y seguir así, dale que te dale, y que fuera tarde para continuar hablando y aparecieran las primeras luciérnagas del crepúsculo, pero continuar lo mismo.

Mientras comía, a la hora del almuerzo, su invariable porción de chuleta de cerdo y de puerro, pensaba qué haría después de la siesta, en qué distracción haría vagar sus horas blancas, pero terminaba sentada en el sillón del patio, leyendo alguna vieja revista.
Durante una tarde de sol que picaba, y mucho, alguien golpeó las manos en su portón.
Fue a atender.
Era un hombre oriental. Dijo llamarse Kato Akagi. Y bajo el sol inclemente y picante como un sello salino en la frente, le fue diciendo, con suma amabilidad, que traía orquídeas de las mejores y de las más exóticas especies, y que se contentaría, en caso de que lo tomara como jardinero, con un lecho para dormir y comida. Conocía bastante de plomería y de instalaciones eléctricas además.

Clara sabía que no podría mantenerlo, pero ya le vendría una invención, una idea, una chispa hija del apuro, y lo contrató.
El oriental, que resultó ser japonés, tenía su edad: 30 años.
A los quince días Kato ya había formado bajo la enramada de la vid un sitio rectangular y parejo para las orquídeas, que él llamaba “su pueblo”. A menudo lidiaba contra las abejas que venían atraídas por el líquido dulzón de las frutas con un heroico sentido del humor.

Clara se sentía contenta. Por fin alguien con quien charlar.
Después de cenar (el japonés comía en un cuarto grande destinado a los cachivaches), le pidió que viniera a sentarse a su mesa.
Jamás supo lo que era darse aires, ni inyectar un tercio de ampolla de maldad a la gente, porque en ese pueblo de diaria consumación de la indiferencia, el necesario placer de odiar a una persona, nunca había tenido su proceso ni ocasión.
Así fue que ante la mirada de Kato, saboreó ronroneando su postre, y le comentó que lo hizo a la tarde y lo dejó enfriar, y luego, sorbiendo el jugo de durazno que hacía perfecto maridaje con el zumo de piña, cerró sus ojos largamente como si fuera que estuviera viajando y le contó que podía sentir no sólo los sabores sino también los colores.

- Esto es un manjar de los dioses. Ambrosía pura - suspiró.
Después, temiendo que Kato tomara de un salto su postre, se animó a tragar un durazno entero, y le fue contando, dale que dale, que se sentía contenta con su trabajo aunque el rociado de las flores le parecía excesivo. Pero en el momento le pidió perdón porque qué podría ella saber de orquídeas.

Y se levantó de la mesa y vio los dientes sanos de Kato mostrando una sonrisa obediente en señal de las buenas noches. Clara se sintió triunfal.
En los días sucesivos charlaba de cuando en cuando con Kato.
Le observaba hacer las cosas (vestía siempre una camiseta de frisa y pantalones a rayas) con la cabeza inclinada sobre el objeto de su propósito. Y ella pensaba, pensaba, y no se le ocurría con qué maldad darle un maltrato porque nada más se le cruzaban por la mente preguntas, que él contestaba hacendoso. Y cuanto más se volvía respetuoso y puntual y preciso en su comunicación, más Clara se irritaba.

Un día, estando la tarde calurosa, vio dos escorpiones junto a la rejilla del cuarto de baño. Los tomó con papel y los dejó dentro de un viejo tarro de pintura “Látex” donde Kato guardaba un aditivo para el abono. Se sentó a esperar mientras escuchaba música de la radio.
Y cuando ya la música le iba dejando en estado de sopor, sintió, sobresaltándose, la presencia del japonés. Le mostró los insectos acercándolos cuidadosamente a su rostro, y los bajó sobre una baldosa, y una vez que los desesperó y los indujo a muerte prendiendo fuego a su alrededor, los llevó a su boca, hizo un buche con ellos, para después escupirlos muy lejos.

- Estos bichos salen cuando hace calor - dijo. Una sonrisa burlona le blanqueó e iluminó la cara.
Pero hubo cierta hora de ese día en que Clara sentía el calor agobiante de la noche. Se imaginaba corriendo, desnuda, con el cabello suelto. Los insectos nocturnos buscaban su rostro, sin embargo ella seguía corriendo, descalza, afiebrada y ligera, y algo de la brisa y del sudor se prendían, confabulados, de su larga cabellera suelta. Y fue sin darse cuenta que paró de correr, pues estaba ya en el cuarto de Kato, quien dormía desnudo.

Ella le dijo cosas tibias en el oído para que despertara.
Y él despertó, y nombró a su esposa y a su hijo pequeño varias veces, levantando una barrera.
Pero ella no quiso escucharlo.
Esa manera suya, como de serpiente, de deslizarse, de desprenderse de la fuerza de los brazos de Clara, hasta llegar al suelo, era su forma de pedirle disculpas por no poder atender a sus requerimientos.

Tocando su sexo, lamiéndole las orejas, hablándole como desde un lugar secreto y lascivo de la noche, siguió insistiendo.
Repasó con su lengua furiosa su cuerpo y rozó con sus largos dedos finos su rostro hasta llegar a sus tetillas.
En un momento apretó sus senos contra su pecho. Se oyó a sí misma ronronear.
Fue entonces cuando bajó su capullo oscuro hasta el sexo masculino y besó en la boca a Kato. Empezó a hacer leves movimientos; ellos parecían dibujar una flor oscilante de una rama. Y aquellos movimientos sin posibles errores, aquellas olas altas y bajas, aquel placer que empezaba a formar parte de un viento que había perdido el control de sí mismo, comenzó a escurrirse como el zumo del mar librado a la oscuridad.
La quietud de la noche era grande.
Ella dibujó en el cuerpo amante la forma de un círculo.

Suspiró satisfecha mientras observaba, a la luz blanca de la luna, la silueta de un gato sobre el tejado. Los gatos le inspiraban desconfianza, pero aquel minino despertó su ternura.
Todavía su cuerpo tenía memoria del placer cuando vio a Kato, parado frente a ella.
Un ave chistó dos veces a lo lejos y voló huyendo.
El hombre sujetó fuertemente sus dos brazos mientras hundía un cuchillo en su cuello, su largo y suave cuello de cisne, que empezaba a manar sangre tibia.
Muerta, con algunos claros rojos de la sangre sobre su piel blanca, Clara parecía una rara y exquisita orquídea.

Delfina Acosta

MADAME BOVARY - un cuento de Delfina Acosta

Después de tomar el mate, se reclinó sobre el respaldo aterciopelado del sofá, y continuó enfrascado en la lectura de Madame Bovary.

Se metió (no quería hacerlo, no debía, pero ya era tarde) en la aparición repentina de la mujer en el almacén del boticario del pueblo. Y era como si él también se hubiera metido, anhelante, deseoso del veneno, empujado por la desesperación de la vida que sale zumbante del carril.
A medida que el libro lo arrastraba, lo contaminaba, le venía una sensación de ser llevado por un tren a un destino tan injusto como inevitable.
Podía ver desde la ventanilla los tramos finales, aquellas últimas casas cuyas chimeneas despedían un humo negruzco, las golondrinas del crepúsculo buscando las ramas de los cipreses y de los robles, un hombre (con una lámpara en la mano) observando a la máquina viajera desde el umbral de una puerta.
Sintió náuseas.
Se levantó, tambaleante, con una terrible presión en la cabeza, y descargó un vómito en el patio.
La señora que hacía la limpieza de la casa y preparaba la comida además de dar alguna conversación sobre el clima cuando los bichos de luz rondaban el alumbrado público, le habló: “¿Se siente bien, señor?”.
Y él le dijo que no. Y le pidió un té de manzanilla.

Y el té vino rápido y excesivo. Y también el “Cuídese, señor. Si viera la cara de enfermo que tiene”.
“Esta es la segunda vez”, pensó Julio Castel.
Un ave nocturna chistó.
Se acostó, y con la cabeza colocada sobre la almohada que olía a lavanda, a frescura, y el ánimo ya recobrado, se dijo, se mintió, que mañana seguiría leyendo “Madame Bobary”.
El amanecer le llegó de golpe.
El libro, que estaba con las páginas abiertas sobre el piso, le pareció un insecto, una araña, algún ciempiés desembascarado. Llamó a Juliana, que ya tenía preparado otro té de manzanilla y un vaso de agua, por si las moscas, y le pidió que se lo llevara lejos y lo enterrara.
Ninguna objeción.
Ningún comentario.
El patrón era normal, pero tenía la cabeza al revés.
Nunca más finales tristes. Nunca más ella, con los ojos caminados por la sombra de la muerte, perdiéndose en la distancia, y él observando, sin poder hacer nada, desaparecer el carruaje con el objeto de su pasión adentro. O él (otro él, otro personaje), enfermo de celos, decidido a disparar su revolver contra ella, quien intentaba, con el rostro pálido, explicarle que el hombre solamente había venido a su cuarto, interesado en su catálogo de mariposas (o algo así, o mejor, una excusa más creíble), pensó Julio Castel.

Siguió leyendo libros. Cinco, seis. A Juliana siempre le había parecido rara la gente que leía.
Cortaba la lectura en donde se le antojaba. Y luego se iba a silbar y mirar a los canarios en su jaula; así le venía la sensación de que daba un poco de claridad y libertad a las aves.
Margarita Pineda, su vecina, le pasó por sobre la muralla un libro, una tarde.
“Te gustará. Lástima el final. Yo no sé qué es eso de que la gente venga a morir al terminar la lectura. Manga de amargados, los escritores. ¿Verdad, Julio?”, dijo.

Al día siguiente, después de volver de la oficina, corrió las cortinas, y se sentó en el lugar de siempre, para leer la novela prestada.
Las palabras, las frases, las sugerencias, el ambiente mal iluminado del bar donde un joven pecoso (era el personaje central) estaba terminando de beber su cerveza, las risas que llegaban desde las mesas donde los hombres intercambiaban bromas, aún los números de las páginas, apuraban la decisión del joven que se largó del bar, salió a la noche, y, silbando alegremente, se dirigió a la boletería.
La vio y quedó deslumbrado. Ella, delgada, hermosa, con su traje celeste, giraba cual trompo sobre la pista de hielo. Y al girar era como si fuera una flor rara que se abría lentamente.
Julio Castel suspiró convencido y cerró definitivamente el libro.
Algunos días después, Juliana observó embobada, mientras hacía la limpieza de la nueva galería de juguetes de su patrón, aquella bailarina (su tutú era celeste) de una cajita musical. Le daba cuerdas y bailaba, girando sobre sus pies. No. No era tanto la música... Era un no sé qué casi humano, quizás triste en su expresión. Su diminuta expresión de pequeña bailarina.

Marcos Juárez / Córdoba - Argentina CUENTO Y POESÍA

DÉCIMO CONCURSO INTERNACIONAL
de CUENTO Y POESÍA:
“Alfonsina Storni” 2010
organizado por la
SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITORES
SECCIONAL MARCOS JUÁREZ
PROVINCIA de CÓRDOBA- ARGENTINA


Informes:
03472-426380
E-mail: eddaotto@coyspu.com.ar
Ma. Elena Miserere de Pochettino:
H.Yrigoyen 1031. T.:444618
(2580) M.Juárez(Cba.)
C. Electr.: ellen@coyspu.com.ar

"El límite" - Un cuento de Delfina Acosta

Siempre que iba a la farmacia para comprar apósitos, aspirinas, violeta de genciana y aquellas medicinas menores con las que mantenía surtido mi botiquín, me solía hacer acompañar por Ogro; era dueño de un olfato mayúsculo.

Aquel día que comenzó a las nueve de la mañana, el tránsito estaba endemoniado. Lo noté al sacar la cara.

Ante aquella impaciencia de los autos por llevarse adelante los segundos que faltaban antes de que la luz de los semáforos cambiara de amarillo a rojo, decidí no llevar al animal. No fuera que tuviera que llorar su muerte, no fuera que el tiempo me transformara en una de esas mujeres de pelo mal teñido y peor peinado con la memoria de su perro en cualquier suspenso de una charla de señoras: “Ay, él sabía la hora en que los niños del colegio comunal se desbandaban en la calle, porque sacudía el portón de hierro con las patas y en vez de ladrar hacía una suerte de bocina con su boca. ¿Arte? Tal vez simple comedia. No lo sé.”

O: “Adivinaba el menú, carne roja a la parrilla o una presa de paleta de marrano, en mis ganas y en movimientos. Ningún marido se hubiera alegrado tanto como él, que empezaba a mover la cola; derecha, izquierda, derecha, izquierda, ah.... picarón...”

El farmacéutico, un hombre de ojeras profundas y permanente olor a alcanfor, hablaba por teléfono cuando llegué a su negocio poblado por vitrinas.

- ¿Aún no se lo encontró? Cierto es que la gente desaparece y aparece después de tres días..., pero... - lo escuché decir. Tenía la preocupación colgada del rostro.

Colgó el teléfono y se acercó a mí comentando: “Es el primer caso.”

- Pero es seguro que aparecerá - contesté sin saber de qué se trataba el asunto.

Usted sabe: la gente de la ciudad es así; uno apenas espera que termine de hablar el otro, para decir ya lo suyo; estamos apremiados por el afán de cerrar el habla a los demás con la primera estupidez que nos pica la cabeza. Y vamos de ¿me entendiste? a ¿qué decís?, de “no comprendo” a “no me estás oyendo” y cuanto más comentamos menos nos escuchamos y, por supuesto, menos nos entendemos; total que nadie escucha a nadie pero eso tampoco nos importa porque ya no podemos obrar de otra manera; el vértigo, una incomprensión animal se ha instalado en nuestras existencias. Ya no somos ciudad.

Cuando regresaba para la casa, vi un grupo de seis hombres; conversaban nerviosamente frente a un bar pintado con un color azul marino. Tres fumaban y los tres restantes no hacían caso del humo de los cigarrillos que sacaban lágrimas de sus ojos.

Me acerqué a los hombres haciendo como que intentaba ponerme a resguardo del viento sur.

-No, señores. Cándido ya debería haber regresado. Son más de las diez de la mañana - dijo el hombre de cuello largo, camisa arrugada y un sombrero panameño que le echaba una condición nocturna sobre el rostro. Se notaba el trato especial que ponía en sus palabras; aquella gente angustiada por la tardanza de Cándido buscaba el favor de la inteligencia para resolver el caso.

Yo sé de individuos que desaparecieron y volvieron a aparecer. Me estoy refiriendo a personas que dejaron el aseo de su casa, el plato de escarolas, de apios y de plantas oleaginosas, y la esposa de rostro sonrosado y de buenos modales, para ir tras las pisadas de aquellas mujeres fáciles de la brumosa zona portuaria; cuando ellas se sacaban la ropa frente al espejo de luna del ropero, era como si se desprendieran de todas sus alas de aves, hasta que sólo quedaba de sus figuras el pico largo y rojizo; picoteaban durante horas, días, semanas y meses el cuerpo purpurino de sus amantes, de aquellos maridos ajenos entonces perdidos. Demonios. Esas mujeres se alimentaban de sus bocas mientras hacían el amor. Y bueno..., cuando el vientre les crecía y sus senos se agrandaban goteando leche, se convertían en pájaros de torpe andar; caminaban pesadamente por la habitación, y su voz huraña sonaba, al caer la última claridad del crepúsculo, como graznidos de cuervos.

Los hombres, desesperados, horrorizados ante aquella situación que les causaba lástima y repulsión al mismo tiempo, retornaban tristes y desilusionados a sus casas. A sus esposas.

El grupo seguía charlando. Mencionaron varias veces la palabra límite.

Aquí debo hacer un aclaración en relación al límite: Hay una casa abandonada, pintada con color sepia, a donde vienen, cuando la lluvia es grande, buscando sitio para que sus fósforos no se apaguen, los mendigos.

A diez metros de ella, aún se animan algunos niños a intentar una rayuela, una cola de cerdo, y algún juego propio de la perversidad de los pequeños.

Una niña albina suele marcar con tiza la figura del sol en el empedrado, que la lluvia pronto borra, hasta que ella vuelve a despejarlo usando crayolas de siete colores para pintar el arco iris.

Ahí termina la ciudad.

Y empieza el bosque.

En fin, los hombres de la ciudad formaron una cuadrilla.

- No queda más remedio que ir a buscarlo - dijo uno, que parecía hincar con el fuego de su cigarrillo el ánimo de los otros.

Y ellos se internaron en el sitio poblado de existencias ajenas. El viento cambió de dirección y un olor a comadrejas, a hojarasca de árboles de las más diversas especies, giró en el aire y dio un chillido de advertencia.

Los curiosos de la ciudad se quedaron en el límite, de cara a la oscuridad. Fumaban.

Pasaron tres días y tres noches.

La cuadrilla regresó cansada. Sólo pudieron encontrar el cuerpo de Cándido convertido en carne corrompida sobre un matorral; en sus cavidades parecían haber hecho nido las aves de carroña; algunas bestezuelas peleaban ferozmente por las vísceras. Eso fue lo que contaron.

Pero trajeron, colgado de un grueso alambre, el cuerpo todavía sangrante del lobo feroz abatido por los disparos de las escopetas. Eso sí.
 

I Bienal Literaria “Julián Padrón” 2010 (Venezuela) - Biografía

25 de junio de 2010


Con el propósito de rescatar la memoria y obra de uno de los escritores más prolíficos e icónicos del estado Monagas, el Servicio Autónomo Red de Bibliotecas e Información del Estado Monagas, Redbim, la fundación cultural Fundaurimare y la Alcaldía Bolivariana del municipio Acosta del estado Monagas, convocan a la I Bienal Literaria “Julián Padrón” 2010 en los géneros de novela corta y cuento.

Cualquier información adicional puede ubicarse por las siguientes vías:
http://www.bienaljulianpadron.com.ve/
www.monagas.gob.ve/redbim
bienaljulianpadron@fundaurimare.org
Redbim_monagas@yahoo.es


Padrón (Monagas, 1910- Caracas,1954) fue abogado, diplomático y escritor.
Su primera novela La guaricha, fue publicada en 1934.
En 1935 funda, junto a Arturo Úslar Pietri, Pedro Sotillo y Alfredo Boulton, la revista literaria El ingenioso Hidalgo y participa en las actividades del grupo Viernes (1939).
A principios de 1936 funda y edita el diario Unidad Nacional.
Fue colaborador de El Nacional y funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores.
De 1937 a 1944 se desempeña como presidente de la Asociación de Escritores de Venezuela y también fue director de la Revista Shell.
Publicó las siguientes obras: La guaricha, novela 1934; Candelas de verano, cuentos 1937; Fogata, comedia dramática, 1938; Parásitas Negras, sainete, 1939; Antología del cuento moderno venezolano, conjuntamente con Arturo Úslar Pietri, 1940; Madrugada, novela, 1939; Clamor campesino, novela, 1945; Cuentistas modernos, antología, 1945; Primavera nocturna, novela, 1950; Este mundo desolado, novela, 1954.

La Biblioteca Pública Central del estado Monagas lleva su nombre.

"Algo muy grave va a suceder en este pueblo" - Gabriel García Márquez


[Cuento contado: Texto completo]
Gabriel García Márquez
Enviado por Martha Susana Sánchez


Nota: En un congreso de escritores, al hablar sobre la diferencia entre contar un cuento o escribirlo, García Márquez contó lo que sigue, "Para que vean después cómo cambia cuando lo escriba".

"Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-Te apuesto un peso a que no la haces.

Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Contesta:

-Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo.

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá o una nieta o en fin, cualquier pariente. Feliz con su peso, dice:

-Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto.

-¿Y por qué es un tonto?

-Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado con la idea de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Entonces le dice su madre:

-No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.

La pariente lo oye y va a comprar carne. Ella le dice al carnicero:

-Véndame una libra de carne -y en el momento que se la están cortando, agrega-: Mejor véndame dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice:

-Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas.

Entonces la vieja responde:

-Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras.

Se lleva las cuatro libras; y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo, en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice:

-¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo?

-¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!

(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)

-Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor.

-Pero a las dos de la tarde es cuando hay más calor.

-Sí, pero no tanto calor como ahora.

Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:

-Hay un pajarito en la plaza.

Y viene todo el mundo, espantado, a ver el pajarito.

-Pero señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.

-Sí, pero nunca a esta hora.

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

-Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy.

Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen:

-Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos.

Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:

-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:

-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca."

Reedición española de "La hermana de Eloísa" - de Jorge Luis Borges


REEDITAN EN ESPAÑA UN CUENTO DE BORGES
CON DIBUJOS DE ANTONIO SEGUÍ


La hermana de Eloísa" es un cuento muy poco difundido que, hace cincuenta años, escribieron Jorge Luis Borges y Luisa Mercedes Levinson. Se publicó en 1955, junto a dos relatos de Borges y otros dos de Levinson, y después no volvió a editarse ni siquiera en las obras completas del gran autor argentino. Hoy se presenta en España una edición para bibliófilos, con ilustraciones de Antonio Seguí, y todas las características de una joya bibliográfica que cuesta lo suyo: 330 euros.

Carlos Pérez Miguez es el director del Centro de Editores y ha declarado: "No es inédito, pero casi. En castellano se publicó una sola vez y es muy difícil encontrar ahora una creación de Borges que apenas se editó". Añadió, en conversación con Clarín, que "La hermana de Eloísa es extenso para publicarse en un diario y al ser un solo cuento no se puede editar como un libro normal. Por eso hemos optado por hacer un libro para bibliófilos, para el público que quiere a los libros", precisó.

Papel de lujo, un trabajo de excelente orfebrería, una carpeta artesanal, estuche de tela y unas ilustraciones excelentes de uno de los mejores artistas gráficos argentinos, Antonio Seguí.

"Este libro, que se hace en homenaje a Borges al cumplirse 110 años de su nacimiento, lo presentaremos en el mismo momento en que se inaugura una exposición que incluye los originales de las ilustraciones, fotografías tomadas a Borges por diversos fotógrafos, libros de Seguí, documentación sobre la realización del libro y demás", señaló Pérez Miguez.

Es interesante reproducir el comienzo del relato: "Habían pasado unos 15 años, pero cuando Jiménez me dijo que había tenido que ir a Burzaco para planear la edificación de un chalet por cuenta de un tal Antonio Ferrari, mi primer pensamiento fue para Eloísa Ferrari, cuya imagen de pronto surgió ante mí, inmediata y casi dolorosa. Sólo después pude sorprenderme de que aquel excelente don Antonio, que pasaba la vida en el café proyectando negocios vagos y vanos, hubiera conseguido, al fin, redondear la suma que significa la construcción de la casa propia. El hecho me resultó tan insólito que, para no pensar algo peor, pensé en una herencia. Jiménez, mientras tanto, seguía explicándome que se trataba de un gran chalet y que los Ferrari eran muy exigentes. Por lo pronto, no íbamos a repetir en Burzaco el tipo 14 de bungaló californiano, ni el 5 en piedra de Mar del Plata, que, innumerablemente multiplicados, ya conoce y acaso habita el lector. Jiménez, mi socio, era constructor; la obra exigía un arquitecto. (...)".

El acontecimiento permite evocar a una escritora y a una personalidad fascinante como Mercedes Levinson (1904-1988).

Levinson empezó a escribir teatro antes de los diez años. Estudió arpa, se interesó por la mitología germánica, escribió para las revistas El Hogar, Atlántida y Leoplán. En 1951 publicó su primer libro: la novela La casa de los Felipes.

En estos días, su hija, la escritora Luisa Valenzuela, contó a la prensa que recordaba "las risas de Borges y mi madre mientras escribían". Valenzuela era una adolescente: "De vez en cuando me preguntaban si no estarían siendo demasiado kitsch o si tenía sentido una expresión como 'bustos ecuestres'".

Con esta edición se hará también una exposición de los originales de Seguí, más fotos y libros de aquella colaboración en el Centro de Arte Moderno, de Madrid.

Por: Juan Carlos Algañaraz
Fuente: Revista Ñ
Más información: http://www.clarin.com/
Enviado por Gacemail - TEA imagen

Certamen Literario “Villa de Iniesta” de Cuento y Poesía


XX Certamen Literario “Villa de Iniesta” de Cuento y Poesía (España)

31 de enero de 2010

Mayor información:
Telf.: 967 490 427
E-mail: bpm.iniesta@hotmail.com

Letralia, Tierra de Letras • http://www.letralia.com/

En la imagen: ganadores de un certamen anterior.

"Domingo sin Francisco" - de Delfina Acosta


DOMINGO SIN FRANCISCO
cuento de
DELFINA ACOSTA

Vea usted: Yo he amado mucho. Cuánta noción de firmamento, de estrellas cayendo en silencio mientras la gente dormía, de lucero parpadeando sobre el rocío del pasto, empecé a tener desde que conocí a Francisco. Se me vino encima toda la constelación. Él me hablaba muy por debajo de su edad (ya tenía cincuenta y cuatro años) pues no le gustaba ponerse serio ni portarse como gente mayor conmigo; no se quejaba de la artritis, que comía diariamente la semilla de su salud, ni mencionaba las molestias en el pecho, que le hacían toser un color azul oscuro, pues era de fumar mucho. Me amaba. A veces se ponía a tono con la duración del noviazgo: dos años. Entonces me decía, mientras observábamos partir un barco de bandera azulada de aquel muelle de Buenos Aires donde venían a confinarse los amantes de los atardeceres, que ya conversaría con su madre, la señora Ester.
A mí, que era feliz con verlo solamente, que hablara o no de mi existencia a ella, me tenía sin cuidado. Vea usted: A su madre le habían vuelto chocha sus ochenta y siete años, y yo sabía, por confesión de él, que en la entrevista la señora sólo me confundiría con la primera novia, Margarita Escalante, reclamándome que ya era tiempo de casarme con su niño. Cada tarde lo aguardaba sentada frente al piano inglés de tres pedales. Pero él era demasiado inquieto para un Beethoven denso, sordo, revolviéndose en su silencio hasta que salieran aquellas notas musicales liadas con los ruidos de cascos de los caballos en tropel. Así que se quedaba escuchándome un rato y luego me contaba aquellas cosas que se acostumbra contar cuando se habla de casos que ocurren a los otros, sólo a los otros, y lejos. Francisco se instalaba en el sofá de respaldo ortopédico, fumaba un pucho, de los más buscados, y me besaba las manos mordiendo cariñosamente mi dedo meñique en señal de apetito. Era un seductor. En sus ojos azules me veía pequeña y aniñada. Cómo no iba a desear morir cuando me vinieron a contar que había muerto. El domingo se lo llevó, mientras los enamorados del parque tendían manteles a cuadros sobre el pasto para servirse filetes de carne empanados y vino; ah... ellos siempre tan locuaces y contentos a pesar de la insistencia de alguna abeja y dos o tres moscas que suelen ir de las hierbas a la boca de la botella y de la boca de la botella al aliento alcohólico. Se sabe que todas las historias de amor son únicas. Pero comprenda usted que nuestro amor era la razón de mi vida. Y si era la razón de mi vida, ¿cómo no voy a estar ahora fuera de mi juicio? El piano inglés, con su tapa levantada, no me dice absolutamente nada.
La brisa fresca de la tarde, que antes me inspiraba un café caliente con tostadas, para tomarlo en compañía de Francisco, mi Francisco (él soplaba por mí el vapor), hoy me arrastra hasta la cama, donde me hundo bajo dos pesados edredones.
No hago otra cosa que vivir de costado, y atrás, siempre atrás, pues soy la última, pareciera, en la fila del gentío. Cómo dejar de estar triste, si a esta hora ya solía hallarse él conmigo, mostrándome una variedad de piedras y de guijarros que juntaba avanzando por el camino de los cipreses para mí; ah... arrastraría una montaña hasta mis pies si fuera necesario. Su mejor presente fue una desdichada mariposa blanca con el ala lastimada que salvó de un pabellón de hormigas rojas que ya cruzaban la calle para arrastrarla a su nido. La arrullamos como si fuera la criatura de nuestra buena suerte.
Solíamos ir al bar chino de la esquina. Me contaba chistes divertidos; sobrepasada de alegría, yo sentía correr las lágrimas por mis mejillas, y él, contento de darme la felicidad necesaria para que lo amara y lo adorara todavía más, pedía al mozo otra botella de champán de la más selecta cosecha.. Y ahora usted me dice que la vida continúa.
Y claro que sigue, pero en sentido contrario. Cada día retorno al pasado, por ejemplo a aquella carrera que hicimos hasta llegar a la cima de la loma, desde donde se veía el campanario de la iglesia. Y me dice usted que tome vitaminas, con un vaso de agua mineral. Y tomo la medicina que viene en un envase de color verde, un verde de esperanza comercial; sin embargo el recuerdo de su rostro observándome mientras me maquillaba frente al espejo me persigue, y se repite, se multiplica en el espejo de cuerpo entero de la sala cuando paso frente a él. Querría enojarme con Francisco por perseguirme. Quiere volverme loca. Si miro el patio oscurecido de la casa, mientras me siento en el sillón, yo, madre de mi gato, siento que una música triste, como de violín perdido por su dueño y tocado por manos extrañas, como de viento arrastrado por las hojas de las veredas, viene a marcar el compás de esto que hago para no fatigar mi cansado corazón: mecerme.
Y me dice usted que no debo caer en exageraciones nerviosas, pero lo que me pasa, lo que me ocurre es una tristeza profunda, de las que le vienen a uno cuando observa caer el agua de la canaleta sobre el aljibe sin fondo.
¿Vio qué tristona suele ser la lluvia al resbalar por las ramas de la higuera? Y me explica usted que esta píldora de color azul me ayudará a tener la memoria encendida. Qué me importa a mí recordar dónde dejé los anteojos, o la cajetilla de fósforos, o el nombre de mis amigas que me llaman de vez en cuando para reprocharme por no llamarlas, o mi mismo nombre, que a veces se me antoja fuera de lugar y excesivo para mi situación actual: Aurora. Qué me importa olvidar si no puedo dejar de recordar aquel paseo con Francisco bajo la sombra de los eucaliptos, a las cinco de la tarde. Entonces nuestro enamoramiento nos hacía aspirar y exhalar el aire para llenarnos de ese querer que parecía oler a una esencia aromática. Nos queríamos tanto, y era un dolor, a veces, querernos, sobre todo cuando nos despedíamos. Cuando nos despedíamos nos queríamos demasiado. Usted sabe, doctor, que el domingo tiene un no sé qué de melancolía. Y también de desgracia. Él ya no está a mi lado. Ayer, junto a la glorieta del paseo de las mariposas, vi a una joven de rostro claro, con unas pequeñas venas azules que eran como vetas en su triste rostro de piedra; a su lado estaba un muchacho, parecido a mi Francisco, que le tomaba cariñosamente de las manos y le decía cosas tibias en el oído. Me puse tan mal. El amor de los demás prende en mí un dolor que es como un fósforo encendido; estoy devorada por dentro. Nadie puede hacer ya nada por mí. Ni usted ni yo tendremos culpa alguna si mañana amanezco muerta en la cama. “Sobredosis de barbitúricos”, dirá el médico forense. La culpa la tendrá esta tristeza horrible y espantosa como una tarántula de la que ya no puedo hacerme cargo.

El Bosque - un cuento de Delfina Acosta




EL BOSQUE
DELFINA ACOSTA


Olvidé cómo se escribe un cuento.
Solía sentarme a las siete de la mañana frente a la máquina de escribir Remington, que ocupaba la mitad de mi escritorio, a un costado de la enorme ventana que daba a la calle. Durante los primeros momentos no ocurría nada, hasta que alguien, y otra persona parecida, y muchos individuos o sombras más que se dirigían a la fábrica textil del pueblo, pasaban con prisa por la vereda; entonces me entraba la angustia por escribir las primeras líneas, aquellas frases fijas que definen el inicio de una historia.
A las diez, Cándida, la vecina que me prestaba el auto para viajar los fines de semana a alguna villa veraniega, salía a hacer una revisión minuciosa de su jardín delantero; yo solía temer que me hablara sobre los cornezuelos que a menudo desfallecían a sus caléndulas y a sus helechos porque entonces una larga distancia me separaba de mi cuento hasta que terminaba por perderlo de vista.
Y ocurría que a veces me hablaba, y otras, no. El caso es que su presencia entre esas flores agitadas por los vientos de estío o de invierno me ponía ansioso, y acababa levantándome, bruscamente, del asiento, con un cigarrillo en la boca, para observar la borrosa lejanía de la zona portuaria.
A las once, o a las once y media, entraba en el gabinete la empleada doméstica, y hacía tal silencio de mosca mientras pasaba una trapo humedecido con alcohol por el único mueble de estilo provenzal de la casa, y con el mismo silencio de mosca se retiraba, que me gustaba pensar, con un extraño sentimiento, que era un desperdicio tanta precaución de su parte; total, al meterse la mujer en la habitación, no me venía una sola línea a la cabeza.
Es difícil escribir sin interrupción.
Ocurre que alguien te llama por teléfono y te dice esas cosas que uno escucha como desde lejos: “Fue imposible hacer nada... Tendré que comprar otra camisa. La tinta no ha desaparecido ni siquiera con cloro...”.
A la hora del almuerzo, cerraba con la fuerza de un latigazo que hace brincar a la bestia, la puerta del gabinete. Debía asegurarme de que mis personajes se quedaran bien encerrados en esa habitación de luces apagadas, para que yo pudiera, sin apresurar el sabor, disfrutar de aquella tregua: un plato de milanesa de pollo y otro de escabeche de berenjenas, acompañados de una botella de buen vino rosado. Luego venía la modorra.
Como a las cuatro y media de la tarde, cuando el calor caía sobre el aljibe sin roldana del patio, yo me tendía sobre las baldosas de la sala, aguardando la visita de Adelfa. Mi amiga rubia, rubiácea, me solía hablar después de fumar un cigarrillo, sobre las virtudes y necedades de mis cuentos. A mí me daba igual que objetara la presencia de una antigua vitrola en la habitación donde sucedía la parte más densa de las acciones; para eso tienes el piano, Miguel, el viejo piano alemán de la familia; que tanteara una crítica sobre determinada situación o trama por su estilo tan apasionado, que desaprobara un nombre común como José o Pedro, y que, a veces, me restregara la muerte del protagonista de turno, quien merecía vivir, después de todo; total, con un final abierto, la obra quedaría bien igual.
No es que fuera terco. Pero yo conocía a mi criatura. Ella era un bosque donde todos los animales (ciervos de ancas ligeras y vientres suaves, leopardos de ojos relampagueantes y aves de plumaje azul mezclado con el color de la sangre) convivían en cósmica armonía; su enorme cascarón resistía maldiciendo, pero resistía, los embates y las furias de las tormentas.
Mi criatura era una luz que se abría paso entre los gajos de los eucaliptos, los algarrobos y los abedules de su propio bos que para mostrar un camino, hecho con un polvillo como de oro y de azúcar, que tentaba a los hombres y a las mujeres que intentaban cruzar el río, para que desistieran de su propósito y se internaran en él.
Al llegar la noche se me presentaban en el gabinete. Una vez fue un hombre que deseaba viajar a un pueblo donde pensaba encontrar a la mujer que había amado, y llegó, y ella estaba vestida de triste desde los pies hasta los cabellos; sentada sobre un sillón de mimbre observaba las formas humanas que tomaba el ciprés según como el viento lo cabalgara.
Entonces escribí: Se vieron y se dieron un beso.
En mis horas nocturnas se me rebelaban las profecías.
Y entre humo y humo de cigarrillo cobraban sentimientos mis personajes, y yo debía decidir, desde luego, qué harían: la libertad o la prisión; la vagancia o el encierro; y aún esos detalles ínfimos: el viaje en barco o en tren. O la simple caminata por las calles.
Perdí la manera de escribir cuentos.
Este es el relatorio que - necesariamente - debo hacer sobre la maldición que ha caído sobre mí para que mi familia comprenda la decisión que he tomado.
No puedo más.

Un fragmento de Julio Cortázar

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar...

de "Carta a una señorita en París" - Cuento

Nuevos certámenes literarios

XXXVIII Concurso Latinoamericano de Cuento
“Edmundo Valadés”
31 de agosto de 2009
------------------------------------------------
Concurso Literario de Cuento y Poesía
“Premio Pueblos Ranqueles 2009”
15 de septiembre de 2009
------------------------------------------------
XXV Certamen Poético Internacional
25º Aniversario del CEAM Segorbe 2009
10 de septiembre de 2009
------------------------------------------------
VIII Certamen Literario “Cristo de la Nave”
21 de agosto de 2009
------------------------------------------------
XXVIII Concurso de Narrativa Infantil
“Vila D’Ibi”
25 de septiembre de 2009
------------------------------------------------
Más información en:
http://www.letralia.com/herramientas/concursos.htm

La Jirafa de azúcar - Poldy Bird

Poldy Bird
La Jirafa de azúcar
Para mi tía Sarita

Bueno, tu familia también tiene su historia, ¿eh mamá?
Por ejemplo, tu tía Sarita... ¿Cuántos años vivió metida en la cama, sin salir a la calle?
Oído así parece grave...
No sé cuántos años... muchos. Desde que yo tenía siete, hasta que se murió.
Y aunque parezca mentira, nunca me pareció “encerrada” en la casa. Veo a un montón de personas encerradas en prisio­nes verdaderas mientras caminan por las calles, engañan o son engañadas, fuman rabiosas en mesas de bares, llevan la soledad y el odio pintados en los ojos.
Jamás se conmovieron por sencillas his­torias de amor teatralizadas por la radio. No sueñan. No creen. No hablan más que de “pertenencias materiales”, su status es una etiqueta de marca cosida en el trasero del jean, o bordada en el bolsillo de la camisa...
A ella nunca le importaron esas cosas.
-Pero se lavaba las manos con alcohol.
-¿Y qué? Se lavaba las manos con alco­hol, pero no las usaba para contar dinero de coimas v negociados. Sus manos “sin micro­bios” no golpearon a nadie.
-Tampoco acariciaron.
-Ella no usaba las manos para acari­ciar, pero me acariciaba con cientos de cosas que son caricias para una niñita... ¿Con qué te acarician tus normales y sanas tías?
¿Cuál de ellas le puso a tu alma un par de alas de mariposa para que volara con la músi­ca de Brahms y Wagner? ¿Te hablaron de las copas de cristal rotas por una aguda nota de la garganta de María Barrientos? ¿Te hicieron entornar los párpados mientras pasaban un disco de Enrico Caruso por la radio? ¿Te contaron, como si fueran cuentos las histo­rias inolvidables de las óperas, mientras las transmitían desde el teatro Colón? ¿Te explicaron los colores de la selva de Tarzán?
Sentadita a los pies de su cama, yo me maravillaba con el tamaño que cobraban las mosquitas cuando ella las veía, ¡ocupaban una habitación cada una!
Con mi tía Sarita podía hablar de cual­quier cosa: de mi mamá muerta, de los fan­tasmas que te tiran de los pies y te despier­tan, de la mala de Isabel que me pegó un caramelo en el pelo durante el recreo de las diez.
Ella creía lo que yo decía y yo le leía mis versos y no me avergonzaba de llorar teatralmente para impresionarla.
En un mundo en el que todos estaban apurados, ella tuvo tiempo para la niña que le ponía demasiada manteca a los scons.
Para ella fui preciosa, inteligente, sensible, creativa.
Cuando aún no estaba en cama, cuando, todavía iba al centro en tren, me compraba a malitos de azúcar: unas confituras preciosas coloreadas que me comía de a poquito, así duraban más.
La que me gustaba era la jirafa, a la jirafa le dibujaba pestañas...
Ella, mi tía Sarita, me enseñó lo que es la confianza.
Jamás se le ocurrió imaginar que su espo­so Pascual, que vivía con su hermano François (Fransuá, el francés que regresó vivo de la segunda guerra, a la que fue a com­batir voluntariamente) hubiese podido siquiera “mirar” a otra mujer; aunque con ella no convivía desde que la “neurosis obse­siva” la confinó a una cama.
Todos los jueves y domingos, durante los años que vivió, Pascual la visitaba, con su bandeja de masas para el té, su voz alegre y alta, sus entusiastas “¡Bravo, bravo!” cuando algo le parecía interesante. Jamás faltó. Jamás se quejó.
Y a ella le brillaban los ojos claros al oír el timbre de las cinco menos diez cada jueves, cada domingo.
Él, mi tío Pascual, me enseñó lo que es el respeto...
Como verás, mi familia también tiene su historia.
De la más dramática, aprendí a amar a Chopin y Paganini, a Verdi y Beniamino Gigli, a llorar por la Traviata y Madame Butterfly, a aplaudir sin ruido los pasajes armoniosos de Sílfides, de Pedro y el lobo, a cerrar los ojos para “mirar” las historias de la radio...
Viajé más kilómetros sentada a los pies de la cama de mí tía Sarita, a los ocho y nueve años, a los diez años... que los que recorrí después, durante el resto de mí vida...
Imaginate...
Una jirafa de azúcar...

Poldy Bird
Poldy Bird: Escritora nacida en Paraná, Entre Ríos en 1941. Vive en Buenos Aires.
Autora de clásicos adolescentes como "Cuentos para leer sin rimmel" o "Cuentos para Verónica" -que se convirtió en la segunda obra más vendida en el país después del "Martín Fierro"-, la escritora Poldy Bird regresa a la literatura con un nuevo libro, "Pasa una mujer", al que se le suma la flamante reedición de otros cinco títulos.
Revista Mapuche - osvaldorisso12@yahoo.com.ar