¡SOY BOHEMIA ! ¿Y QUÉ?

Siempre me preguntan ¿que es ser Bohemio? les respondo : El Bohemio vive por vivir , se llena de angustia sin tener por qué, pero está alegre cuando otros no están.

El Bohemio vive su vida incansable de ideas ,algunas creativas y otras filosóficas, todas para hacer de su vida un paraíso. El Bohemio no teme, solo porque él vive su vida como quiere, ahora sin causarles daños a sus semejantes. Vive la vida con principios y hasta con responsibilidad pero hace lo que quiere cuando quiere. En la música encuentra pinturas, en las poesías encuentra música, y en las pinturas encuentra versos ...es así mientras que se bebe su copa y sin faltar un café en un bar escondido adonde solo se lee por la media luz y la atmósfera del tabaco. La noche es su tarima....ahi baila, canta, bebe, conversa y admira a otros como él. Se proclama el duende de la noche. Ve el mundo con otros ojos ...él ve colores en el cielo nublado, ve la melancolía en una rosa brillante en su esplendor.

Gracias a todos que entienden estas breves letras. ¡SÍIIIIIII!!!! ¡Soy una Bohemia !!! ¿y Qué?

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:¡Hola, amigos!
Como seguramente ya saben, el proyecto de las Guías de Apoyo para el ingreso a la Universidad ya está despegando felizmente con tres poderosos motores matemáticos:

Guía 1: Campos numéricos (naturales, negativos, enteros, fraccionarios, etc.)
Guía 2: Las 6 operaciones básicas (suma, resta, producto, cociente, potenciación y radicación)
Guía 3: Ecuaciones de 1er grado con una incógnita (álgebra, monomios, polinomios, ecuaciones)

Cada Guía es un pequeño manual en Word que busca acompañarte en sus viajes entre signos, coeficientes y letras que deben aprender a utilizar para alcanzar objetivos.

¿Es solamente para ingresantes a la Universidad?

Por supuesto que no. Hay muchos que necesitan saber estas cosas o desean aprenderlas pues intuyen que detrás de esos muros hay todo un atractivo mundo que espera ser dominado. Y ustedes pueden hacerlo.
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Las verdaderas razones - Portada/Índice - Daniel Galatro



LAS
VERDADERAS
RAZONES


Las verdaderas razones por las que Raúl Hugo Morales, correctísimo empleado del correo de Esmeralda, puso veinticuatro miligramos de rebelina en la goma del reverso de doscientas ocho estampillas postales.

Daniel Aníbal Galatro
Circa 1972

Capítulo 1 - Prehistoria de Raúl Hugo Morales
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Capítulo 2 - Concepción Mercedario
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Capítulo 3 - La oficina de Correos de Esmeralda
http://bohemiaylibre.blogspot.com.ar/2014/10/las-verdaderas-razones-cap-3-daniel.html
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Capítulo 4 - Marcelo
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Capítulo 5 - Alejandro
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Capítulo 6 - Lili
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Capítulo 7 - Visita a la Casa de Moneda
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Capítulo 8 - El Nuevo Médico de la Familia
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Capítulo 9 - El viaje a Salta
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Capítulo 10 - La extracción del veneno
Capítulo 11 - Dueño de la vida y de la muerte


Daniel Aníbal Galatro
Octubre 9 de 2014
Esquel - Chubut - Argentina

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Las verdaderas razones - Cap 11 - Daniel Galatro



11



AGENCIA NOTARG-CABLE 150-22/DIC/1884-16.30-LOS MÉDICOS POLICIALES QUE ENTIENDEN EN EL CASO MORALES PRESTARON SU INFORME CON RESPECTO AL ENVENENADOR DE LAS ESTAMPILLAS DE ESMERALDA. SEGÚN TRASCENDIÓ CERTIFICAN QUE EL DETENIDO MANIFIESTA UN DESORDEN MENTAL PROFUNDO QUE LO HACE NO RESPONSABLE DE SUS ACTOS. SERÁ TRASLADADO DENTRO DE UNOS MINUTOS HACIA EL PABELLÓN DE ENFERMOS CRIMINALES DEL HOSPITAL NEUROPSIQUIÁTRICO PROVINCIAL A FIN DE SER SOMETIDO A UN EXAMEN DECISIVO. STOP.


¿Por qué esperó Raúl Hugo Morales desde el dos de noviembre hasta el veinte de diciembre para ejecutar su crimen-acto de justicia-acto de locura? Podría creerse que aguardó las fiestas de fin de año cuando todo Esmeralda pasaría por la oficina de Correos. Pero ¿quién sabe qué oscuras leyes de alabeada lógica rigen los designios de un cerebro enfermo?

A las ocho en punto se ubicó en el banco elevado, junto al vetusto mostrador de madera. A su izquierda, la carpeta de estampillas de diferentes valores. Debajo de ella, la plancha de doscientas unidades impregnadas de rebelina. “Son de la Goebel adaptada. Está aquí desde1968.”.
...

“Buenos días. Una común, por favor.”
Mario Ros, inspector municipal. Inocente. Morales cortó una estampilla de la plancha del interior de la carpeta.
...

Con una aguja pequeña había embebido cuidadosamente el reverso de las doscientas elegidas. El líquido brillante y diáfano se sumergía en las profundidades engomadas. Una gota pequeña en el centro exacto. El borde continuaría con sus virtudes adhesivas. Eran las tres de la mañana cuando cumplía esta tarea en el baño del departamento.
...

“Común.”
Amelia Kaski. Comerciante. Agria, seca, permanentemente malhumorada. Había tenido algunas discusiones serias con ella por problemas menores. Le recordaba a Conce. Culpable. Morales cortó una estampilla, la primera, de la plancha colocada debajo de la carpeta.
...

Antes de salir del baño, sacó de su bolsillo una tirita de ocho timbres comunes, idénticos a los ya impregnados. Una gota pequeña en el centro exacto. Sopló para apresurar el secado. Los separó luego en cuatro pares. Apagó la luz y fue hasta el comedor.
...

“Dos comunes, por favor.”
Un hombre alto y sonriente. Parecía simpático. Nunca antes lo había visto. Quizá inocente. Estampilla de la carpeta.
...

El reloj de la mesa de luz marcaba las tres y veinticuatro. Raúl abrió el cajoncito. Click. En su interior, el monedero de Conce. Click. Introdujo un par de estampillas. Click. Cerró el cajón sin hacer ruido.
...

“Expreso.”
Raúl Bracero. Un sinvergüenza. Pero quería expreso. Culpable, escapaba del castigo.
...

Marcelo había dejado su saco sobre el respaldo de la silla del comedor, en cuyo asiento reposaba lustroso portafolios. Resonó el cierre automático y elevó la tapa. “Derecho Constitucional”, tomo voluminoso que aplastaba unos cuantos apuntes en hojas sueltas. En un bolsillito del forro del portafolio introdujo el segundo par de estampillas. Bajó la tapa. La coqueta valijita retornó a su hermetismo aparente. Eran casi las cuatro de la mañana del veinte de diciembre.
...

“Tres comunes.”
El doctor Amadeo Galloti, abogado. Mezclado en cientos de asuntos tristemente turbios. Culpable, muy culpable. Morales cortó tres estampillas de la plancha del castigo.
...

Llegó temprano al Correo. Aguardó el arribo de Rodríguez, el peón de limpieza que tenía llave. El interior vacío de la oficina, iluminado por tenues rayos que se filtraban por las antiguas cortinas de enrollar, presentaba un aspecto diferente del habitual.

Cuando Rodríguez salió a limpiar los cristales de la vidriera, Raúl se acercó al escritorio del Jefe, abrió el cajón central, y entre las páginas de una agenda del 82 que Núñez aún utilizaba dejó el tercer par de estampillas.
...

“Señor. Dos comunes.”
Los rostros excitados de un niño y una niña trataban de alcanzar con la mirada lo que no lograban con sus cuerpecitos. Inocentes.
...
Así transcurrió ese día, el primero del reinado de Raúl Hugo Morales, dueño de la vida y la muerte de los habitantes de Esmeralda.

“Culpable.”.
“Miserablemente culpable.”.
“ Inocente.” .

Casi sobre la hora del cierre de la oficina postal llegó agitado uno de los nuevos carteros.

“¡Galloti! ¡El abogado!”.
“¿Qué pasó?”.
“No se sabe. Dicen que cayó en su escritorio revolviéndose de dolor. Lo llevaron a la Clínica. Yo justo pasaba por la puerta.”

Morales sonrió levísimamente.

Guardó la carpeta con las estampillas normales en la caja fuerte, rindió cuenta del dinero del día, y tras ocultar las ciento cincuenta y cinco que aguardaban su destino entre unos inútiles libracos del estante del mostrador, abandonó su lugar de trabajo.

Caminó hasta la parada del 207. Anochecían sin prisa los días de ese verano de soles agobiantes y humedad insoportable. Al llegar el ómnibus subió con calma.

“Hasta la estación de La Plata.”.

Buscó en su agenda. Ricardo Páez, calle 1 número…

Ya todo iba llegando a su fin. La mitad menos enferma de Raúl Hugo Morales estaba completamente aniquilada.
...

A las ocho de la mañana del veintiuno de diciembre se instalaba nuevamente en el frente de batalla, en el estrado del juez inexorable.

“Ocho murieron intoxicados. ¡Qué barbaridad! Lo dijo la televisión anoche.”.
“¡Ahá! ¿Y de qué?”.
“No se sabe. Dicen que no hay que tomar el agua corriente, no comer nada sin lavarlo bien.”.

Ése fue el comentario de toda la mañana.

“Buen día, Morales. Deme tres comunes ¿Vio lo de los intoxicados? Murió el doctor Galloti, la almacenera de la esquina de su casa está grave y hay un montón más de internados.”.
Nora Micheli. Enfermera. Algo alocada pero animosa y servicial. Inocente.
...

Al bajar del 207 en la estación no tenía idea de cómo introducirse en el departamento del fabricante de automóvil espectacular, fruto de las vidas de quién sabe cuántos Alejandros.

Caminó por la calle 1 hasta llegar al moderno edificio que ostentaba cuatro números de bronce idénticos a los que escribiera en su agenda. En los buzones del hall, buscó: R. Páez. 4º A.

Oprimía el botón llamando el ascensor cuando entró en el edificio un grupo de chicas y muchachos bulliciosos y despreocupados. Recorrió con la mirada, como lo hacía siempre, los rostros juveniles. Y como siempre ocurría, Alex no era uno de ellos.

Se sintió cansado. Dejó que utilizaran el ascensor que acababa de llegar.

Cuando el hall recobró la calma, sacó de su bolsillo el último par de estampillas y lo introdujo en el buzón del 4º A. Fue un acto mecánico, no reflexionado, quizá inútil.

Comenzaba a decaer aquello que lo hiciese capaz de toda una epopeya de dos meses increíbles.
...
“Doce, comunes. Rápido, estoy apurado.”
El “Chino” Runat. Prepotente, grosero, fanfarrón. Se decían muchas cosas de él, de sus mujeres, de la electrónica que podía conseguir de contrabando. Repulsivo y culpable. Doce unidades de “justicia divina”, aplicada por la mano ya algo temblorosa de Raúl Hugo Morales.
...

A mediodía se supo que sumaban once los fallecidos. Debían haber sido más, pero no todos usarían las estampillas ese día, y algunos las humedecerían con la almohadilla. El área había sido declarada en alerta sanitaria.

El hijo de don Victoriano, cada vez más exhausto, proseguía su autoconfiada labor.

"Inocente".
“Culpable.”.
“ Inocente.”.
“ Muy inocente.”.
"Culpabilísimo.”.
...

“Cinco, comunes”.
Rubén Furmani. El que bailara apretado a Lili en la fiesta de los quince. Cuando vio que era Morales quien atendía la ventanilla pareció arrepentirse. Hizo un ademán como para alejarse. Raúl le sonrió. Cortó las cinco estampillas y se las alcanzó. Le había costado un poco la decisión. Rubén Furmani, de rostro asustado. Todavía un niño. Inocente.
...

El hombre estaba exhausto. Dejó caer la cabeza hacia adelante. Ocho estampillas debían cumplir su misión especial. Ésas, aunque lo apresaran, jamás las declararía.

Eran los acordes finales, el clímax de la trágica sinfonía. Al levantar nuevamente su rostro, una extraña sonrisa, que le acompañaría desde entonces por muchos años, jugueteó entre los labios de Raúl Hugo Morales.


AGENCIA NOTARG-CABLE 179-28/DIC/1984-15.42-CONFERENCIA DE PRENSA DEL JEFE DE POLICÍA BONAERENSE EN RELACIÓN CON EL CASO MORALES. AL DAR POR CERRADO EL MISMO EXPRESÓ ENTRE OTRAS COSAS QUE “ELLO NOS LLEVA A RATIFICAR NUESTRA CONVICCIÓN DE QUE RAÚL MORALES PLANEÓ Y EJECUTÓ SU TREMENDO CRIMEN SIN MOTIVO ALGUNO SINO SOLAMENTE LLEVADO POR SU DESEQUILIBRIO MENTAL. ES IRRELEVANTE POR TANTO PROSEGUIR INÚTILES BÚSQUEDAS DE SUPUESTAS E INEXISTENTES VERDADERAS RAZONES”. STOP.

¿?




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Las verdaderas razones - Cap 10 - Daniel Galatro




10



AGENCIA NOTARG-CABLE 137-22/DIC/1984-13.40-FUE TRASLADADO A UN GABINETE ESPECIAL EL MÚLTIPLE ASESINO RAÚL MORALES, CAUSANTE SEGÚN SUS DECLARACIONES DEL MÚLTIPLE ENVENENAMIENTO EN ESMERALDA. A LAS 12.55 INGRESARON EN ESE DESPACHO DOS MÉDICOS POLICIALES, UNO DE ELLOS SIQUIATRA. INFORMARON ALTOS FUNCIONARIOS DE LA REPARTICIÓN QUE LUEGO DE UNA BREVE CONFESIÓN MORALES CAYÓ EN UN MUTISMO PROFUNDO, MANTENIENDO EN SUS LABIOS UNA EXTRAÑA SONRISA. EL PERSONAL POLICIAL QUE PARTICIPÓ DEL INTERROGATORIO CREE QUE EL DETENIDO PRESENTA LAS FACULTADES MENTALES ALTERADAS POR LO QUE SE REQUIRIÓ LA INTERVENCIÓN DE ESOS ESPECIALISTAS. STOP.-


Primero de noviembre de mil novecientos ochenta y cuatro. Jueves lluvioso y extraño ese Día de Todos los Santos. Las calles desiertas descubrieron el apurado caminar de Raúl Morales exactamente cuando el reloj de la Iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia daba las ocho campanadas matinales.

Bajo el brazo, un pequeño envoltorio revelaba a cada paso la presencia de algo más que las fotoduplicaciones del proceso de extracción de la rebelina.

Por una zona alejada del centro de Esmeralda existía un viejo depósito, abandonado desde los tiempos en que Raúl era pequeño. Alguna vez fue a jugar allí sus policía-ladrón, pero al llegar a la adolescencia perdió sentido trepar el lateral de chapa y colarse por donde quizá hubo un vidrio. Dos o tres muchachos de la barra lo habían tenido para sus aventuras amorosas con chicas no muy despiertas de mente pero sí ávidas de sexo, y sabemos que Raúl no disfrutaba de ese tipo de experiencias.

Ya no iban los niños a jugar ahí. 

“La televisión los idiotiza. Nosotros teníamos más imaginación.”.

Habían abandonado lo abandonado. La mole del galpón desvencijado, pintado de óxido por la mano del aire, decorado con parches de cielo a veces azul a veces estrellado, por el arte del tiempo corrosivo.

Iba a trepar como veinte años antes por el muro de latas retorcidas mas no fue necesario. Al apoyar su pie para elevarse cayó el trozo de metal y el acceso quedó libre.

Resonaron en el interior de ese templo industrial muerto hacía tiempo los vítreos tintineos del contenido del paquete.

Recorrió ángulos y recovecos hasta hallar el apropiado. Acomodó unas chapas y unas piedras e instaló su más que precario laboratorio.

A mediodía estaba de regreso en su casa.

“¿Dónde fuiste?”.
“Por ahí.”.
“Mirate ese pantalón. ¿Con qué te lo manchaste? Parece óxido. ¿Dónde estuviste?”.
“Pasé por una obra y había unas chapas oxidadas.”.
“Infeliz. Me mato trabajando y teniéndote la ropa limpia…”, etc., etc., etc.

Morales no prestaba atención. Ya tenía las sustancias y los elementos. Eran sencillos y los consiguió con relativa facilidad.

¡Pobres Boffman R. P. y Heredia J. C.! Su esfuerzo había sido realmente importante y la ignorancia de los demás los sepultó en un olvido del que sólo él podría rescatarlos. Quizá obtuviesen con ochenta años de demora el merecido premio a sus investigaciones. Cuando Raúl decidiese que el momento oportuno había llegado.

Viernes dos de noviembre. Día de los Fieles Difuntos.

A las siete, Conce y Lili salieron de la casa rumbo al cementerio y al nicho de don Enrique Mercedario.

“Las flores las compro allá. No voy a andar haciendo el ridículo en el ómnibus.”.
“Bueno. Tomá.”.
“Dame más porque después voy a visitar a Marta. Si me invita a almorzar me quedo.”.
“Bueno. Yo a lo mejor salgo a dar una vuelta. Al cementerio voy a eso de las tres.”

Concepción estaría fuera toda la mañana y él justificaba su ausencia de toda la tarde. Un día completamente a disposición de Morales para la tarea que debía realizar.

El reloj de la cocina indicaba las ocho y media; adelantaba diez minutos. Desenrolló las fotoduplicaciones. Extendió la primera página sobre la mesa. Para evitar que volviese a su primitiva forma fijó su parte superior con un florero de madera y los ángulos inferiores con un cenicero de vidrio ambarino y un cuchillo.

Salió un momento. Regresó de su habitación con la pequeña bolsita de nailon dentro de la cual los hongos salteños habían agonizado y muerto. Su deceso los había teñido de un hermoso color salpicado de motitas rojas y amarillas. Hasta su apariencia, como la de algunos insectos, advertía de su peligrosa toxicidad. Y Raúl Morales se protegió contra ella con guantes plásticos y un pañuelo sobre la boca colocado como cuando jugaba a los “cónbois”.

“Técnica. Primer paso: Extracción del jugo total.”.

Era necesario hervir durante tres horas cien gramos de hongos desmenuzados, en doscientos cincuenta centímetros cúbicos de agua. Así fue que desmenuzó uno, dos, tres, cuatro ejemplares y los dejó caer dentro de una olla vieja y fuera de uso. Seguramente, a ojo de empleado de correos avezado, pesarían unos cien gramos.

Doscientos cincuenta centímetros cúbicos, ¿cuánto sería?

Se arrodilló, y de la pequeña alacena bajo la pileta tomó una botella de vino vacía. Su etiqueta algo despegada indicaba “novecientos treinta centímetros cúbicos”. Entonces novecientos treinta centímetros cúbicos eran aproximadamente un litro. Por tanto, doscientos cincuenta serían un cuarto litro. Brillante deducción que le insumió demasiados minutos de su precioso tiempo.

Olla en mano, dejó caer en su interior lo que suponía sería un cuatro litro de agua desde la hermosa canilla de acero inoxidable.

A partir de ese momento y hasta las doce y media fueron los hongos entregando sus entrañas al bullente entorno. Cerró la llave de gas.

Aguardó a que se enfriara el líquido y lo introdujo luego a través de un embudo con algodón en una botella de alcohol para friegas. Obturó el recipiente con un tapón de plástico rojo, lavó todo cuidadosamente y lo guardó. La evidencia había sido borrada. Se quitó los guantes plásticos y el pañuelo que cubría su boca.

Raúl Hugo Morales estaba sorprendido de sí mismo. Ése no era él. O, al menos, no era la parte de su personalidad que venía utilizando hasta entonces. Desde principios de octubre su exterior había permanecido rutinario e inmutable en tanto que interiormente se gestaba la magna empresa.
No almorzó. En el refrigerador había unos racimos de uvas verdes y carnosas. Comió unas pocas sin demasiado entusiasmo. 

Envolvió el frasco que contenía el líquido mortífero con un papel rojo pleno de impresiones multicolores. Apagó las luces y salió del departamento cerrando tras de sí la puerta con mirilla.

Casi nadie por las calles de Esmeralda aún húmedas por la tormenta de la noche anterior. De tanto en tanto, en alguna esquina, unas mujeres de pañuelo oscuro sobre sus cabezas y ramos pequeños, medianos, grandes, apretados entre brazo y cuerpo aguardaban el ómnibus. Era el día de honrar a quienes ya no estaban.

Recordó a sus padres. Por primera vez desde que fallecieran – don Victoriano en abril del setenta y su esposa, que no pudo soportar su ausencia, en julio del mismo año – iba a faltar a la cita. Esta vez deberían comprenderlo. Estaba inmerso en una tarea trascendental que llevaría a los planos más destacados el apellido Morales, inscribiéndolo en alguna página importante de la historia de Esmeralda, de la provincia, del país.

Comenzaba a caer una garúa lenta cuando Raúl llegó a las puertas inexistentes del antiguo galpón abandonado donde se gestaría el último paso previo al “acto de la gran justicia”. Se acercó lentamente al lugar donde el día anterior cayera la chapa. Había vuelto a colocarla de modo que cubriera esa entrada de la mirada de los curiosos.

Una vez dentro del amplísimo recinto cuidó de ocultar el vano irregular. Acrecía la garúa y se dejaban caer algunas gotas por los orificios del techo derruido. Afortunadamente el rincón elegido por Morales para su laboratorio rústico se mantenía perfectamente seco.

Puso un tablón sobre algunos ladrillos a modo de banqueta y se sentó encima. Nuevamente se colocó guantes y pañuelo como protección.

“Al líquido obtenido por el proceso anterior se agregan unas gotas de di-nitro-fenil-hidrazina al 0,5% en HCl 2N.” 

Esto se lo había hecho preparar en una droguería de Quilmes donde nadie lo conocía.

“¿Para qué va a utilizarla?”.
“No es para mí. Me la pidió un sobrino que estudia química. ¿Hay algún problema?”.
“No, en absoluto. Solamente que es muy raro que pidan drogas disueltas. Pero no se preocupe. La prepararé y quedará bien con su sobrino.”.

“Luego de unos cuarenta minutos se formará un precipitado anaranjado.” 

Así ocurrió.

“Se eliminará el sobrenadante. El precipitado obtenido se redisuelve con amoníaco.”.

Había comprado medio litro sin dificultades en la ferretería a la vuelta del correo.

“¿Para los pisos de mosaico?”.
“Sí, sí, me dijeron que es muy bueno.”.
“Seguramente. Eche un chorrito en el trapo de piso.”.

Dejó caer unas gotas sobre el precipitado anaranjado. No ocurrió nada.

Aguardó unos minutos y vertió un pequeño chorro. El líquido se tiñó del color del sedimento. Agitó enérgicamente.

Dejó pasar otros minutos. Aún quedaba pasta en el fondo del recipiente. Añadió un poco más de amoníaco y volvió a agitar.

Ya todo era un líquido hermoso, de tonos increíblemente brillantes y diáfanos. Lo contempló a trasluz, desde todos los ángulos posibles.

Buscó un tapón de goma roja y obturó el frasco. Se sintió menos molesto cuando dejó de envolverlo el ardiente vapor amoniacal que le recordaba los pañales de Alejandro.

Hizo un pozo y sepultó todo excepto el líquido hermoso, brillante y diáfano.

Colocó piedras pequeñas sobre el que fuera su primer laboratorio y sería también el último, borró las huellas en el piso polvoriento y salió del galpón abandonado.

En el bolsillo de su saco gris el vaivén de sus pasos hamacaba la solución amoniacal del maléfico espíritu de la Amanita rebelis.

Cuando llegó a su casa caían los últimos rayos de sol sobre Esmeralda. Un arco iris surcaba el cielo. Raúl Hugo Morales pensó que no era tan hermoso como el naranja profundo del alma de los hongos.

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GDLL x s.