¡SOY BOHEMIA ! ¿Y QUÉ?

Siempre me preguntan ¿que es ser Bohemio? les respondo : El Bohemio vive por vivir , se llena de angustia sin tener por qué, pero está alegre cuando otros no están.

El Bohemio vive su vida incansable de ideas ,algunas creativas y otras filosóficas, todas para hacer de su vida un paraíso. El Bohemio no teme, solo porque él vive su vida como quiere, ahora sin causarles daños a sus semejantes. Vive la vida con principios y hasta con responsibilidad pero hace lo que quiere cuando quiere. En la música encuentra pinturas, en las poesías encuentra música, y en las pinturas encuentra versos ...es así mientras que se bebe su copa y sin faltar un café en un bar escondido adonde solo se lee por la media luz y la atmósfera del tabaco. La noche es su tarima....ahi baila, canta, bebe, conversa y admira a otros como él. Se proclama el duende de la noche. Ve el mundo con otros ojos ...él ve colores en el cielo nublado, ve la melancolía en una rosa brillante en su esplendor.

Gracias a todos que entienden estas breves letras. ¡SÍIIIIIII!!!! ¡Soy una Bohemia !!! ¿y Qué?

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Las verdaderas razones - Cap 6 - Daniel Galatro



6


AGENCIA NOTARG-CABLE 176-21/DIC/84-21.43-EL JEFE DE POLICÍA DE LA PROV DE BS AS EN CONFERENCIA DE PRENSA INFORMÓ QUE ESTÁN MUY ADELANTADAS LAS INVESTIGACIONES REFERENTES AL ENVENENAMIENTO COLECTIVO OCURRIDO EN ESMERALDA. DECLARÓ EL CITADO FUNCIONARIO QUE LAS VÍCTIMAS HABÍAN CONCURRIDO EL DÍA DE AYER A LA OFICINA DE CORREOS, CONSIDERÁNDOSE ESTE HECHO COMO ÚNICO NEXO ENTRE ELLAS. SE DISPUSO EL CIERRE PREVENTIVO DELA MISMA Y LA DETENCIÓN DE TODOS QUIENES CUMPLEN TAREAS ALLÍ. STOP.-


Liliana Noemí Morales era la hija menor de ese hogar formado por el correcto empleado del correo de Esmeralda y la espigada cuarentona de gesto áspero. Lili, la chica sencilla y pueblerina. En septiembre del 83 había cumplido los catorce. Sin fiesta – “Hay que ir juntando para festejarte los quince como Dios manda.”

Nació el 22, casi con la primavera. Ese año, el de la fiesta cancelada, cayó jueves. “Señora, hoy no tome lección. Es el cumpleaños de Morales.” En el recreo, “manteada” general. Las compañeras la querían, sinceramente. “Che, Morales, ¿me prestás lo de Historia? Esta vieja dicta que parece una locomotora. ¿Qué se cree? ¿Que estamos en la facultad?”

Desde los trece iba a los bailes del Círculo. “¡No vuelvas tarde!” “Nos acompaña la mamá de Mirta.” “Bueno. Pero nos tengas en vela hasta la madrugada.”. La mamá de Mirta. Fue con ellas apenas tres o cuatro veces. Pero las madres olvidan que esas mismas triquiñuelas también las usaban ellas, y en ocasiones parecen creerlas.

Conce era relativamente estricta. En realidad, Lili no le importaba demasiado; los comentarios de las vecinas, sí.

“¡A las tres y media! ¡Volvieron a las tres y media!”.
“La mamá de Mirta se descompuso.”.
“¿No podías hablar por teléfono?”
“¿A dónde?”
“¿Qué se yo? A lo de Rivera.”
“¿A las tres de la mañana? ¿Sabés las maldiciones que iba a rajar la vieja?”.
“Encima, tocaste timbre como para levantar al barrio.”.
“Me daba miedo, sola en el pasillo.”
Pero eran tardanzas inocentes. Unos discos más cuando casi apagaban la luz. Haciendo su curso de introducción al erotismo con el galancito de turno, en medio de otras veinte parejas igualmente adosadas de forma tal que a duras penas pasaba la música entre ellos. Eso era todo. Otras, en cambio, a su edad…

“¿Bailaste con Néstor?”.
“Sí. ¿Por?”.
“¿Te apretaba?”.
“¡Uf!”.
“¿Viste?”.
“¿Qué?”.
“No te hagás la inocente. ¿No sentías?”.
“Sí, sentía.”.
“¿Y?”.

Sonreía.

“Tiene dieciséis.”.
“A mí me dijo dieciocho.”.
“Dieciséis. Es amigo de mi primo.” .
“Me invitó a salir.”.
“¿Qué le dijiste?”.
“Que iba a estar en el Círculo el domingo, en la final del torneo. Pero me dijo que quería verme a solas, no en una tribuna llena de gente.”.
“¿Sabés con quién anduvo hasta el mes pasado? Con Laura.”.
“La largó, ¿no?”.
“Ella lo largó a él.”.
“¿Por?”.
“Parece que salieron juntos y se quiso hacer el vivo.”.
“Que se venga a hacer el vivo conmigo.”.
“¿Vas a salir con él?”.
“No. Si me quiere ver que venga al partido, a la tribuna llena de gente.”.
“¿Qué querés que te diga? Si hubiera dicho a mí, no sé. Está bárbaro.”.
“Te lo regalo, si querés.”.
“Andá. Si tenés la calentura loca con él.”.

Lili sonreía.

Entre niña y mujer. No era linda, pero atraía bastante. A veces iba al balneario.

“¿Cómo te llamás?”.
“¡Tarado!”.
“No te pongás así. Podemos ser amigos, ¿no?”.

Con una previa de primero y cursando un segundo bastante flojo.

“En Matemáticas me voy seguro. El viejo podrido no me tira un ocho ni que lo maten. Y si me manda la de Historia se va a poner feo diciembre.”.
“Igual estás un año adelantada, ¿no?”.
“Entré a primaria con seis y medio. Pero…”.
“¿En tu casa te hacen lío si llegás a repetir?”.

En tu casa. Cuando abría la puerta del departamento, su alegría se desmoronaba. Raúl estaba cada vez más abstraído, más encorvado, más doblegado. Quería a su padre, sin demostrárselo plenamente. Era tan raro y callado… De chica, en cambio, se divertían juntos revolcándose en el suelo, jugando a todos los juegos, contándose mutuamente historias fantásticas. Algo empeoraba con el tiempo. El clima de esa casa saturada de gritos de mamá, de peleas con Marcelo, de la ausencia de Alejandro. Era imposible ser feliz allí.

“Vos sos buena, Lili. Sos la única rescatable de esta familia.”.
“¿Por qué decís eso, papá? Mami no es mala. Grita, pero es por los nervios. Si fuera al médico… Marcelo tiene su carácter, es un poco fanfa, te dice cosas, aunque… Y cuando vuelva Alex…”.
Tenía razón el viejo. Imposible defender esa familia. Desde que fue comprendiendo, lloró tantas veces… Años hacía que entre sus padres se cruzó el último beso. Ya ni se acordaba cuántos.
“¿Dónde vas, vos?”.
“Al Círculo.”.
“¿Llevaste la pollera a la tintorería?”.
“Sí, llevé.”.
“Está en casa antes de que vuelva tu padre. Si no, ése se la agarra conmigo.”.
Iba con las chicas. Regresaba a tiempo.

Raúl sentía que su hija se iba alejando poco a poco de él. No sabía cómo remediarlo. Casi una mujercita, la mocosa. ¡Si pudiera volver a ser su amigo! Pero la atmósfera de la casa se interponía. Cualquier intento de diálogo terminaba en una discusión. Porque sí. Porque siempre se discutía allí. Por todo. Por nada.
“Buena piba, la Lili. Mejor que sus hermanos. Mejor que sus padres.”.
El cerebro del hombre, enfermándose, destruyéndose, mantenía como en un altar la imagen de la niña.
“Tiene que salvarse. La Lili tiene que salvarse.”.
Aunque para salvar a Liliana Noemí Morales hubiese que destruir todo lo demás.

Sábado veintidós de septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro.
“Che, ¿a qué hora hay que estar?” .
“Después de las ocho.”.
“¿Invitaste muchos?”.
“El departamento es chico. Seremos unos treinta.”.
“¿Calculaste bien, no? Mirá que en lo de Paula éramos diecisiete chicas para once tipos.”.
“Está justo. Hicimos la lista con Marta.”.
“¿Invitaste a Rubén?”.
“El primero. Aparentó como que dudaba, por la bronca del otro día, pero al final dijo que viene.”.
“¿Va a estar Marcelo?”.
“No sé. Tiene un examen la semana que viene. Dejálo a ése. Mejor que no se aparezca.”.
"¡Cómo lo querés a tu hermano, vos!”.
“Como vos querés al tuyo.”.
“¿A las ocho, entonces?”.
“Ocho, ocho y media.”.

El departamento del séptimo “C” lucía sus mejores galas. Los rompibles descansaban en el placar. Fueron despejados el comedor y dos habitaciones, lo que permitiría ubicarse a los treinta invitados.
“¿No son muchos?”.
“Todavía que es tu hija, le vas a miserear en los quince. Se van a pensar que sos un tirado. Viene la de Figueredo, el abogado ése que parece que va a acomodar a Marcelo en su estudio. Y las chicas de Núñez, tu jefe.”.
“¿Gastaste mucho? No… dejá, dejá. Está bien.”.
Que la Lili tuviera su fiesta. Se la merecía. Era lo único bueno de la familia. Además, si venían las de Núñez…
“Van a reventar con todo lo que les vamos a dar de comer. No como contó Lili del cumpleaños de la mayor.”.
“Vos quedate en la cocina. Yo me encargo de todo. Sos capaz de aparecerte en piyama y pantuflas. No lo hago por tu hija, te advierto. Pero no vamos a quedar como cualquier cosa.”

Cerca de las siete y media ya habían llegado las más amigas, para colaborar con los últimos detalles. 

Raúl cenó algunos sándwiches de miga – “Pocos, que son para los chicos.” – con un vaso de cerveza. Su esposa iba y venía trayendo bandejas vacías, lavando copas, apilando platos con restos de scones. Hubiese ayudado, pero Conce lo había prohibido absolutamente.
“Mirá, mejor no toqués nada. Sentate por ahí, leé el diario y dejame a mí.”.

Quince años, la Lili. Del 69, cuando vivían en la vieja casona alquilada. Eran un poco más felices por aquel tiempo. Rememoró la noche de las convulsiones, corriendo por la calle en busca de algún médico, el primer diente, la lucha para que se quedara en el jardín de infantes, el portalápices de lata revestido con cáscaras de huevo para el día del padre…

En el comedor, la música vibrante había dejado paso a un ritmo meloso. Conce estaba en la cocina, tirada en una silla, las rodillas separadas, agotada.
“Che. Apagaron la luz grande. Esperá que apago acá y dejo la puerta entreabierta. Hay dos o tres que son bastante peligrosos. Esa de Núñez mariposea con todos los que puede. La más chica, que parece tan estúpida.”
Quince años, la Lili. Con su vestido rosa bordado estaba hermosa… Acomodó la silla en la oscuridad de la cocina para sumergir la mirada en la semipenumbra del comedor.
“Che. Yo voy y les prendo otra vez la grande.”
Lili era lo único que le quedaba. Su hija. De él, nada más que de él. Iban a hacerse amigos nuevamente. Irían a caminar juntos, le mostraría la ciudad, tal vez viajaran.
Raúl Hugo Morales y su hija. Ella lo merecía todo. Era una chica buena. Había que salvarla, costara lo que costase.

Liliana se dejaba llevar por la música lenta, embriagada por las palabras dulces de Rubén. Lo quería, realmente. Esa noche estaba segura. Se apretaba contra él, buscando su calor. El muchacho le besaba el cuello sabiamente y hablaba cosas hermosas, tiernas.
“El idiota ése la tiene apretada. ¿Qué miércoles le estará diciendo? Mocoso aprovechador. Debe haber sido el de la idea de apagar la luz grande.”.
Desaparecían del campo visual de Raúl, girando hacia otros ángulos del comedor. Unos minutos más tarde reaparecían en la hendija de la puerta entreabierta.
“¿Ves, Raúl? Esa es la de Palmieri, el del Banco. El chico es el del tercero “D”, ése que la madre es divorciada.”.
El hombre se torturaba.
“La sigue estrujando. ¡Hijo de su madre! ¿No tendrá hermanas? Dan ganas de romperle el alma. Mi Lili. Le debe estar haciendo el trabajito fino. Yo voy. Si sigue, voy.”.
Desaparecieron nuevamente. Reaparecieron dos minutos después.
“Pero, ¡todavía! ¿Qué se cree éste? ¿Qué la Lili es una loca cualquiera?”
Fuera de sí, saltó de la silla. Pasó junto a su mujer como una tromba.
“¿Dónde vas? Che, ¿estás loco?”.
Abrió la puerta con violencia.
“Raúl. Estás con la ropa de entrecasa. ¡Che!”.
Concepción Mercedario, entre sorprendida y desesperada, contemplaba impotente cómo su esposo manoteaba el interruptor de la luz central del comedor, llegaba de un saldo junto a la pareja, decía un par de cosas terribles, tomaba de un brazo al azorado joven y lo arrastraba casi hasta la puerta del departamento.
Bañado el rostro de lágrimas, Lili buscó el saco de Rubén y corrió tras él hacia el pasillo oscuro.

Sábado veintidós de septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro. Reaccionando de un modo inesperado en él, había destruido la última posibilidad de no aniquilarse definitivamente: su hija.
Se iniciaba el proceso culminante de la tragedia de Raúl Hugo Morales.

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