¡SOY BOHEMIA ! ¿Y QUÉ?

Siempre me preguntan ¿que es ser Bohemio? les respondo : El Bohemio vive por vivir , se llena de angustia sin tener por qué, pero está alegre cuando otros no están.

El Bohemio vive su vida incansable de ideas ,algunas creativas y otras filosóficas, todas para hacer de su vida un paraíso. El Bohemio no teme, solo porque él vive su vida como quiere, ahora sin causarles daños a sus semejantes. Vive la vida con principios y hasta con responsibilidad pero hace lo que quiere cuando quiere. En la música encuentra pinturas, en las poesías encuentra música, y en las pinturas encuentra versos ...es así mientras que se bebe su copa y sin faltar un café en un bar escondido adonde solo se lee por la media luz y la atmósfera del tabaco. La noche es su tarima....ahi baila, canta, bebe, conversa y admira a otros como él. Se proclama el duende de la noche. Ve el mundo con otros ojos ...él ve colores en el cielo nublado, ve la melancolía en una rosa brillante en su esplendor.

Gracias a todos que entienden estas breves letras. ¡SÍIIIIIII!!!! ¡Soy una Bohemia !!! ¿y Qué?

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Las verdaderas razones - Cap 3 - Daniel Galatro



AGENCIA NOTARG-CABLE 102-21/DIC/84-11.38-LOS LABORATORIOS DE TOXICOLOGÍA DEL INSTITUTO BIOLÓGICO DE LA PLATA INFORMARON HABER RECIBIDO MUESTRAS DE VÍSCERAS DE LOS FALLECIDOS POR LA INTOXICACIÓN EN ESMERALDA PCIA. DE BS AS. SE INICIÓ LA TAREA A LAS 10.30 A FIN DE ANALIZAR LAS MISMAS PARA DETERMINAR LAS CAUSAS DEL ENVENENAMIENTO COLECTIVO. TOMÓ INTERVENCIÓN LA POLICÍA DE LA PROVINCIA. STOP.


Corría ya la segunda mitad de 1974 cuando ocurrió un hecho fundamental en la vida de Raúl Hugo Morales. A los 38 años, continuaba imperturbable su tarea tras el mostrador del correo de Esmeralda, girando, telegrafiando, sellando, clasificando. Era un poco menos hosco que en sus primeros tiempos, aunque siempre correcto y eficiente.

Estaba inscripto en uno de los planes promocionales del gobierno para los empleados de Encotel, y quizá a mediados del 76 entraría en posesión de su departamento propio. La familia había crecido con la llegada de Alejandro Roberto en marzo del 66 y de Liliana Noemí por septiembre del 69. De común acuerdo, es decir por decisión de la cada vez más avinagrada Conce, ya no habría más hijos. 

- “¿Y, Morales?” 
- “No, basta. Paramos la fábrica” “Como está la vida, otra boca para alimentar…”

Una de las pocas alegrías de Raúl eran sus hijos.

Algunas horas extra permitían sostener el estudio de Marcelo, un muchacho de dieciséis años, desenvuelto e inteligente. Ya cursaba un brillante tercero del Comercial. Había tenido cuatro o cinco “novias”. Era muy popular entre los jóvenes de Esmeralda pues su habilidad basquetbolística lo transformó rápidamente en capitán del seleccionado juvenil. 

Por supuesto, Marcelo supo obtener infinidad de ventajas de su prestigio deportivo, como sabía usufructuar todas sus otras cualidades. 
-“Tan distinto de su padre” – decían los que no conocían la historia. 
-“Idéntico al padre” – murmuraban los memoriosos. 

Morales estaba tan orgulloso de los éxitos del muchacho que no cabía en su corazón otro sentimiento hacia él que no fuese el de padre satisfecho. Concepción ya no esgrimía su origen como arma decisiva de las batallas domésticas, y el asunto estaba casi olvidado. Marcelo no sabía la verdad. Sin embargo, curiosamente, nunca experimentó por su padre adoptivo más que una mezcla de conmiseración y desprecio. 

A los dieciséis años, su fama pueblerina había convertido al muchacho en el sol de la familia, en tanto que los demás brillaban apenas por reflejo de su luz. Al menos, así pensaba él.

Los ocho años de Alejandro se parecían mucho a los ocho años de Raúl Hugo. El niño, que no reía nunca, luchaba sus primeros grados de primaria en pugna constante por no repetir. Eran inútiles los esfuerzos de madre, maestras y “particulares”. Alejandro era duro. Había heredado el adoquín cerebral paterno, ante la desesperación de Conce que no podía soportar de brazos cruzados las miradas compasivas en las reuniones del Club de Madres. “Por lo menos que le haga hasta séptimo” “Todos no pueden ser como Marcelo, señora”.

Finalmente estaba Lili. Viviendo sus cinco años felices y despreocupados. En el jardín de infantes se comportaba con una más: aprendía lo que le enseñaban, jugaba sus juegos, reía cuando ríen los niños, lloraba cuando deben llorar. Era la predilecta de papá, quien sufría las últimas horas en el Correo ansiando volar a casa para revolcarse por el piso con Lili, leerle cuentos, llevarla a parques y calesitas, liberarse cotidianamente de angustias y tensiones. La habitación de su pequeña era la única porción de hogar en aquella vieja casona alquilada.

Según consta en los archivos respectivos, en la oficina de Correos de Esmeralda desempeñaban tareas, por agosto del 74, siete empleados. En el Registro de Personal podía leerse:

HERNÁNDEZ, Mario Higinio – jefe de oficina – 52 años – viudo – sin hijos – antigüedad en el puesto: 9 años – trasladado desde la oficina de Retama (pequeño pueblo no lejano a Esmeralda).

NÚÑEZ, Faustino – empleado mostrador – 49 años – casado – tres hijos – ingresado a la repartición en 1957 como cartero auxiliar – transferido a mostrador en 1969.

MORALES, Raúl Hugo – empleado mostrador – 38 años – casado – tres hijos – ingresado a la repartición en 1955 como cartero – transferido a mostrador en 1960.

FUENTES, María Albarracín de – empleada – 35 años – casada – sin hijos – ingresada a la repartición en 1968 para atención al público y tareas administrativas.

FUENTES, Federico (cuñado de María) – peón de limpieza – 27 años – soltero – ingresado en 1970 como personal de maestranza.

FIGUEROA, Mario – cartero – 19 años – soltero – ingresado a la repartición en enero de 1974.

ALBERTI, Ramón – cartero – 20 años – soltero – ingresado a la repartición en 1971.

Era Faustino Núñez un hombre singular. Se había incorporado al plantel de empleados de la oficina de Correos, como figura en su ficha, por 1957, dos años después que Morales. Ocupó la recientemente creada plaza de segundo cartero – o cartero auxiliar - haciendo el recorrido de los “barrios obreros” inaugurados en esos días y que albergaban casi un millar de nuevos habitantes.

Se sentía muy mal transpirando las calles de la ciudad a los treinta y dos años, luego de haber quedado fuera de la petrolera por un problema del cual poco llegó a saberse. Más aún, parece que, al estar involucrado un alto funcionario de la empresa, todo quedó como si Núñez hubiese renunciado, recibiendo por parte de su encumbrado “amigo” unos cuantos pesos que desaparecieron con bastante rapidez de los bolsillos del autocesanteado.
Decidió no ser más el idiota útil de jefes venales y corruptos, sino aprovechar la experiencia pasada para obtener él mismo jugosa tajada de algún asunto no muy claro de ésos que a veces se presentaban.
Cuando se jubiló don Victoriano Morales, pensó Faustino que era él mucho más indicado para reemplazarlo en el mostrador que el tonto del hijo, no sólo por su mayor inteligencia sino también por ser de más edad. Sin embargo, como sabemos, Raúl ocupó el puesto vacante y Núñez siguió sufriendo ser cartero largos nueve años más.
A mediados del 61 falleció en un accidente de tránsito uno de los “atención al público”, y Faustino alcanzó la ansiada banca en la “trinchera de madera”.
Eran tremendas las miradas que se cruzaban, con la inevitabilidad de la proximidad física, los dos compañeros de labor. Como competidores en una línea de largada, nadie allí desconocía que, ante cualquier futuro ascenso, la victoria del uno sería consecuencia de la derrota del otro.
Raúl tenía a su favor la antigüedad y el correcto desempeño tanto suyo como de su padre. Núñez se apoyaba en su mayor edad, su inteligencia y espíritu trepador, fruto este último del resentimiento heredado del asunto de la petrolera. Iba a ser una lucha pareja, demasiado pareja, y Núñez pensaba que en una contienda así cualquiera podía ganar. Incluso Morales. Eso era feo y riesgoso.

El 14 de septiembre de 1974, a las 10.30 aproximadamente, el empleado Faustino Núñez entró sin llamar – “tenía las manos ocupadas con papeles y sellos” “fue el destino, hermano, el destino” – en el despacho de su jefe.
Parecían haber intentado cerrar la puerta con llave, pero las cerraduras eran antiguas y los marcos apolillados no resistían el menor empellón.
Semiocultos tras una biblioteca con candado pero sin vidrios, un hombre y una mujer jadeaban arrítmicamente. Faustino los vio ridículos, ni vestidos ni desnudos, ni de pie, ni sentados, ni acostados. “¡Qué escena amorosa!” – pensó, reponiéndose con rapidez de la sorpresa inicial.
Mario – “Romeo” – Hernández, con las mejillas enrojecidas, miró atontado hacia la puerta recién abierta, apretando espasmódicamente espalda y brazos de María – “Julieta” – Albarracín de Fuentes. 
Ésta, menos cerca del éxtasis, trataba desesperadamente con una mano de quitarse de encima al pesado amante y, con la otra, de cubrir la desnudez de su pelvis con un slip rojo que persistía en enrollarse sobre sí mismo, más cercano a las rodillas que a su ubicación funcional.
Luego de haberse asegurado de que tanto el jefe como su empleada tomaran conciencia de la identidad del perturbador de tan afectuoso encuentro en ese momento crucial, murmuró un “disculpen” y retrocedió, cerrando al salir la puerta tras de sí.
Ahora Núñez tenía en su poder una carta muy valiosa. Ya la lucha no sería pareja. Solamente debió aguardar dos meses para hacer rendir frutos a su feliz descubrimiento.

La oficina de Correos de Esmeralda había tenido subjefe hasta 1955. En esa oportunidad fue removido del cargo quien lo ocupara, por no aceptar quitarse un escudito políticamente comprometedor. De allí en más, esa función no fue cubierta – y en realidad no se justificaba en una ciudad tan pequeña.
Faustino Núñez estudió cuidadosamente el asunto y, a comienzos del último mes del 74, presentó una bastante bien redactada nota en la cual expresaba:

“Visto que el cargo de Subjefe no ha sido cubierto desde 1855 a la fecha, por una arbitraria medida de dieciocho años de desgobierno, y considerando que la importancia creciente de la oficina postal de Esmeralda hace imprescindible aliviar las funciones del señor Jefe derivando parte de ellas a un colaborador inmediato, considero mi deber como empleado de la Repartición…
… Y que no se vea en mi actitud un interés de promoción personal, sino que considero justo el llamado a concurso de antecedentes, a fin de que quien sea más idóneo pueda ascender a la categoría superior.
Sin otro particular…
Faustino Núñez”

Entregó el papel en propias manos del señor Jefe, acompañándolo con un guiño de complicidad. Se llamó a Concurso, por supuesto, presentándose para optar al cargo los empleados Núñez y Morales.

Unos días después de su nombramiento como subjefe de la oficina de correos de Esmeralda, Faustino discutió con María Albarracín por un problema de licencia por enfermedad de familiar directo. Ni el hombre ni la mujer advirtieron la presencia de Morales, quien buscaba unos comprobantes extraviados, de rodillas, en pose de musulmán hacia La Meca, detrás de su escritorio.
“Y no te hagás la loca porque canto todo. Lo revientan a Hernández, te revientan a vos, y encima tu marido les rompe el alma.” – decía Núñez sin gritar pero marcando claramente las palabras.
La mujer bajó la cabeza y comenzó a llorar. El subjefe le echó una mirada victoriosa y retornó a su recientemente inaugurada oficina privada, más decente y equipada que la de su superior.
María se dejó caer en una silla, gimiendo. Cuando se alejó hacia el baño, quizá para recomponer su rostro y proseguir la atención del público, Morales se atrevió a reincorporarse. “Así que era eso. Con razón ese hijo de una gran perra ganó el puesto de subjefe”.

Desde el día del ascenso de Núñez, Concepción no dejaba ocasión de hostigar a su marido. “¡Idiota, cada vez más idiota! Te dejaste ganar por ese tipo que entró en el Correo después que vos. ¿Te das cuenta de que sos un infeliz? Casi veinte años esperando la oportunidad y te la perdés. Por tu estupidez arruinaste mi vida y Marcelo casi no tiene qué ponerse. ¿Sabés cuánto va a ganar ahora Núñez? Casi el doble que vos. Sos un inútil, Raúl, un inútil. Vas a seguir pegado al mostrador hasta que te mueras, como el imbécil de tu padre. No sirven más que para vender estampillas.”
A veces Morales pensaba interrumpir a su mujer para recordarle algunas cosas, pero lo razonaba un poco y comprendía que sí, que eso también lo había hecho por infeliz. La Conceera una víbora, pero lo que decía era verdad. “Mordete la lengua, bruja, así te morís de una vez” – le decía con la mirada mansa aunque siempre hosca. Pero mantenía la boca cerrada.
Si ahora le contaba cómo había llegado Núñez al cargo de subjefe, se iba a poner inaguantable. Abrió el morral donde colocaba sus sentimientos más profundos y allí, entre otros cuantos, guardó el asunto del concurso, lo que sabía de Hernández y la Albarracín, y algunos detalles más.

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