¡SOY BOHEMIA ! ¿Y QUÉ?

Siempre me preguntan ¿que es ser Bohemio? les respondo : El Bohemio vive por vivir , se llena de angustia sin tener por qué, pero está alegre cuando otros no están.

El Bohemio vive su vida incansable de ideas ,algunas creativas y otras filosóficas, todas para hacer de su vida un paraíso. El Bohemio no teme, solo porque él vive su vida como quiere, ahora sin causarles daños a sus semejantes. Vive la vida con principios y hasta con responsibilidad pero hace lo que quiere cuando quiere. En la música encuentra pinturas, en las poesías encuentra música, y en las pinturas encuentra versos ...es así mientras que se bebe su copa y sin faltar un café en un bar escondido adonde solo se lee por la media luz y la atmósfera del tabaco. La noche es su tarima....ahi baila, canta, bebe, conversa y admira a otros como él. Se proclama el duende de la noche. Ve el mundo con otros ojos ...él ve colores en el cielo nublado, ve la melancolía en una rosa brillante en su esplendor.

Gracias a todos que entienden estas breves letras. ¡SÍIIIIIII!!!! ¡Soy una Bohemia !!! ¿y Qué?

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Las verdaderas razones - Cap 11 - Daniel Galatro



11



AGENCIA NOTARG-CABLE 150-22/DIC/1884-16.30-LOS MÉDICOS POLICIALES QUE ENTIENDEN EN EL CASO MORALES PRESTARON SU INFORME CON RESPECTO AL ENVENENADOR DE LAS ESTAMPILLAS DE ESMERALDA. SEGÚN TRASCENDIÓ CERTIFICAN QUE EL DETENIDO MANIFIESTA UN DESORDEN MENTAL PROFUNDO QUE LO HACE NO RESPONSABLE DE SUS ACTOS. SERÁ TRASLADADO DENTRO DE UNOS MINUTOS HACIA EL PABELLÓN DE ENFERMOS CRIMINALES DEL HOSPITAL NEUROPSIQUIÁTRICO PROVINCIAL A FIN DE SER SOMETIDO A UN EXAMEN DECISIVO. STOP.


¿Por qué esperó Raúl Hugo Morales desde el dos de noviembre hasta el veinte de diciembre para ejecutar su crimen-acto de justicia-acto de locura? Podría creerse que aguardó las fiestas de fin de año cuando todo Esmeralda pasaría por la oficina de Correos. Pero ¿quién sabe qué oscuras leyes de alabeada lógica rigen los designios de un cerebro enfermo?

A las ocho en punto se ubicó en el banco elevado, junto al vetusto mostrador de madera. A su izquierda, la carpeta de estampillas de diferentes valores. Debajo de ella, la plancha de doscientas unidades impregnadas de rebelina. “Son de la Goebel adaptada. Está aquí desde1968.”.
...

“Buenos días. Una común, por favor.”
Mario Ros, inspector municipal. Inocente. Morales cortó una estampilla de la plancha del interior de la carpeta.
...

Con una aguja pequeña había embebido cuidadosamente el reverso de las doscientas elegidas. El líquido brillante y diáfano se sumergía en las profundidades engomadas. Una gota pequeña en el centro exacto. El borde continuaría con sus virtudes adhesivas. Eran las tres de la mañana cuando cumplía esta tarea en el baño del departamento.
...

“Común.”
Amelia Kaski. Comerciante. Agria, seca, permanentemente malhumorada. Había tenido algunas discusiones serias con ella por problemas menores. Le recordaba a Conce. Culpable. Morales cortó una estampilla, la primera, de la plancha colocada debajo de la carpeta.
...

Antes de salir del baño, sacó de su bolsillo una tirita de ocho timbres comunes, idénticos a los ya impregnados. Una gota pequeña en el centro exacto. Sopló para apresurar el secado. Los separó luego en cuatro pares. Apagó la luz y fue hasta el comedor.
...

“Dos comunes, por favor.”
Un hombre alto y sonriente. Parecía simpático. Nunca antes lo había visto. Quizá inocente. Estampilla de la carpeta.
...

El reloj de la mesa de luz marcaba las tres y veinticuatro. Raúl abrió el cajoncito. Click. En su interior, el monedero de Conce. Click. Introdujo un par de estampillas. Click. Cerró el cajón sin hacer ruido.
...

“Expreso.”
Raúl Bracero. Un sinvergüenza. Pero quería expreso. Culpable, escapaba del castigo.
...

Marcelo había dejado su saco sobre el respaldo de la silla del comedor, en cuyo asiento reposaba lustroso portafolios. Resonó el cierre automático y elevó la tapa. “Derecho Constitucional”, tomo voluminoso que aplastaba unos cuantos apuntes en hojas sueltas. En un bolsillito del forro del portafolio introdujo el segundo par de estampillas. Bajó la tapa. La coqueta valijita retornó a su hermetismo aparente. Eran casi las cuatro de la mañana del veinte de diciembre.
...

“Tres comunes.”
El doctor Amadeo Galloti, abogado. Mezclado en cientos de asuntos tristemente turbios. Culpable, muy culpable. Morales cortó tres estampillas de la plancha del castigo.
...

Llegó temprano al Correo. Aguardó el arribo de Rodríguez, el peón de limpieza que tenía llave. El interior vacío de la oficina, iluminado por tenues rayos que se filtraban por las antiguas cortinas de enrollar, presentaba un aspecto diferente del habitual.

Cuando Rodríguez salió a limpiar los cristales de la vidriera, Raúl se acercó al escritorio del Jefe, abrió el cajón central, y entre las páginas de una agenda del 82 que Núñez aún utilizaba dejó el tercer par de estampillas.
...

“Señor. Dos comunes.”
Los rostros excitados de un niño y una niña trataban de alcanzar con la mirada lo que no lograban con sus cuerpecitos. Inocentes.
...
Así transcurrió ese día, el primero del reinado de Raúl Hugo Morales, dueño de la vida y la muerte de los habitantes de Esmeralda.

“Culpable.”.
“Miserablemente culpable.”.
“ Inocente.” .

Casi sobre la hora del cierre de la oficina postal llegó agitado uno de los nuevos carteros.

“¡Galloti! ¡El abogado!”.
“¿Qué pasó?”.
“No se sabe. Dicen que cayó en su escritorio revolviéndose de dolor. Lo llevaron a la Clínica. Yo justo pasaba por la puerta.”

Morales sonrió levísimamente.

Guardó la carpeta con las estampillas normales en la caja fuerte, rindió cuenta del dinero del día, y tras ocultar las ciento cincuenta y cinco que aguardaban su destino entre unos inútiles libracos del estante del mostrador, abandonó su lugar de trabajo.

Caminó hasta la parada del 207. Anochecían sin prisa los días de ese verano de soles agobiantes y humedad insoportable. Al llegar el ómnibus subió con calma.

“Hasta la estación de La Plata.”.

Buscó en su agenda. Ricardo Páez, calle 1 número…

Ya todo iba llegando a su fin. La mitad menos enferma de Raúl Hugo Morales estaba completamente aniquilada.
...

A las ocho de la mañana del veintiuno de diciembre se instalaba nuevamente en el frente de batalla, en el estrado del juez inexorable.

“Ocho murieron intoxicados. ¡Qué barbaridad! Lo dijo la televisión anoche.”.
“¡Ahá! ¿Y de qué?”.
“No se sabe. Dicen que no hay que tomar el agua corriente, no comer nada sin lavarlo bien.”.

Ése fue el comentario de toda la mañana.

“Buen día, Morales. Deme tres comunes ¿Vio lo de los intoxicados? Murió el doctor Galloti, la almacenera de la esquina de su casa está grave y hay un montón más de internados.”.
Nora Micheli. Enfermera. Algo alocada pero animosa y servicial. Inocente.
...

Al bajar del 207 en la estación no tenía idea de cómo introducirse en el departamento del fabricante de automóvil espectacular, fruto de las vidas de quién sabe cuántos Alejandros.

Caminó por la calle 1 hasta llegar al moderno edificio que ostentaba cuatro números de bronce idénticos a los que escribiera en su agenda. En los buzones del hall, buscó: R. Páez. 4º A.

Oprimía el botón llamando el ascensor cuando entró en el edificio un grupo de chicas y muchachos bulliciosos y despreocupados. Recorrió con la mirada, como lo hacía siempre, los rostros juveniles. Y como siempre ocurría, Alex no era uno de ellos.

Se sintió cansado. Dejó que utilizaran el ascensor que acababa de llegar.

Cuando el hall recobró la calma, sacó de su bolsillo el último par de estampillas y lo introdujo en el buzón del 4º A. Fue un acto mecánico, no reflexionado, quizá inútil.

Comenzaba a decaer aquello que lo hiciese capaz de toda una epopeya de dos meses increíbles.
...
“Doce, comunes. Rápido, estoy apurado.”
El “Chino” Runat. Prepotente, grosero, fanfarrón. Se decían muchas cosas de él, de sus mujeres, de la electrónica que podía conseguir de contrabando. Repulsivo y culpable. Doce unidades de “justicia divina”, aplicada por la mano ya algo temblorosa de Raúl Hugo Morales.
...

A mediodía se supo que sumaban once los fallecidos. Debían haber sido más, pero no todos usarían las estampillas ese día, y algunos las humedecerían con la almohadilla. El área había sido declarada en alerta sanitaria.

El hijo de don Victoriano, cada vez más exhausto, proseguía su autoconfiada labor.

"Inocente".
“Culpable.”.
“ Inocente.”.
“ Muy inocente.”.
"Culpabilísimo.”.
...

“Cinco, comunes”.
Rubén Furmani. El que bailara apretado a Lili en la fiesta de los quince. Cuando vio que era Morales quien atendía la ventanilla pareció arrepentirse. Hizo un ademán como para alejarse. Raúl le sonrió. Cortó las cinco estampillas y se las alcanzó. Le había costado un poco la decisión. Rubén Furmani, de rostro asustado. Todavía un niño. Inocente.
...

El hombre estaba exhausto. Dejó caer la cabeza hacia adelante. Ocho estampillas debían cumplir su misión especial. Ésas, aunque lo apresaran, jamás las declararía.

Eran los acordes finales, el clímax de la trágica sinfonía. Al levantar nuevamente su rostro, una extraña sonrisa, que le acompañaría desde entonces por muchos años, jugueteó entre los labios de Raúl Hugo Morales.


AGENCIA NOTARG-CABLE 179-28/DIC/1984-15.42-CONFERENCIA DE PRENSA DEL JEFE DE POLICÍA BONAERENSE EN RELACIÓN CON EL CASO MORALES. AL DAR POR CERRADO EL MISMO EXPRESÓ ENTRE OTRAS COSAS QUE “ELLO NOS LLEVA A RATIFICAR NUESTRA CONVICCIÓN DE QUE RAÚL MORALES PLANEÓ Y EJECUTÓ SU TREMENDO CRIMEN SIN MOTIVO ALGUNO SINO SOLAMENTE LLEVADO POR SU DESEQUILIBRIO MENTAL. ES IRRELEVANTE POR TANTO PROSEGUIR INÚTILES BÚSQUEDAS DE SUPUESTAS E INEXISTENTES VERDADERAS RAZONES”. STOP.

¿?




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