¡SOY BOHEMIA ! ¿Y QUÉ?

Siempre me preguntan ¿que es ser Bohemio? les respondo : El Bohemio vive por vivir , se llena de angustia sin tener por qué, pero está alegre cuando otros no están.

El Bohemio vive su vida incansable de ideas ,algunas creativas y otras filosóficas, todas para hacer de su vida un paraíso. El Bohemio no teme, solo porque él vive su vida como quiere, ahora sin causarles daños a sus semejantes. Vive la vida con principios y hasta con responsibilidad pero hace lo que quiere cuando quiere. En la música encuentra pinturas, en las poesías encuentra música, y en las pinturas encuentra versos ...es así mientras que se bebe su copa y sin faltar un café en un bar escondido adonde solo se lee por la media luz y la atmósfera del tabaco. La noche es su tarima....ahi baila, canta, bebe, conversa y admira a otros como él. Se proclama el duende de la noche. Ve el mundo con otros ojos ...él ve colores en el cielo nublado, ve la melancolía en una rosa brillante en su esplendor.

Gracias a todos que entienden estas breves letras. ¡SÍIIIIIII!!!! ¡Soy una Bohemia !!! ¿y Qué?

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Las verdaderas razones - Cap 5 - Daniel Galatro



5

AGENCIA NOTARG-CABLE 148-21/DIC/84-16.58-EL LABORATORIO TOXICOLÓGICO DELA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES DIO A CONOCER UN INFORME EN REFERENCIA ALA SUSTANCIA RESPONSABLE DEL FALLECIMIENTO DE HASTA EL MOMENTO VEINTITRES PERSONAS EN LA CIUDAD DE ESMERALDA PROV DE BS AS. SEGÚN EL DOCTOR RICARDO FABBRI, JEFE DE INVESTIGACIONES TOXICOLÓGICAS, SE TRATARÍA DE UNA DROGA DEL TIPO DE LAS TOXINAS VEGETALES PROVENIENTES DE PLANTAS DEL NORTE DEL PAÍS SIN ANTÍDOTO CONOCIDO. SE INSISTE EN LAS RECOMENDACIONES CON RESPECTO A ALIMENTOS Y LÍQUIDOS QUE PUEDEN INGERIR LOS HABITANTES DEL ÁREA AFECTADA. EL MINISTRO DE BIENESTAR SOCIAL DE LA NACIÓN PARTIÓ HACE UNOS MINUTOS HACIA ESMERALDA. STOP.


Ni Raúl ni su esposa habían depositado un átomo de fe en las escasas condiciones intelectuales de Alejandro Roberto. Hasta aceptaron casi sin sorpresa que finalmente en 1981, a la “venerable” edad de quince años terminase séptimo grado. La Directora firmó el certificado con una profunda sensación de alivio. Para la institución educacional, más que el egreso de un alumno todo el proceso había sido un verdadero parto, pujando durante nueve interminables años todos menos el interesado.

Éste tenía, sin embargo, algunos “récords” en especialidades tales como rotura de vidrios, inasistencias escolares injustificadas, plantones bajo la campana, quejas en el barrio, etc.
Excepto cuando provocaba la reacción de sus padres – salvo raras ocasiones, solamente de la madre – ante un llamado de la Dirección de la escuela, la visita de alguna asistente o las lamentaciones de enojados vecinos – “¡Mire cómo me ha puesto el jardín!” “¿Por qué no lo manda a jugar a la pelota en un club en vez de patear en mi vereda a la hora de la siesta?” “¡Cada vez que pasa me toca el timbre!” “Disculpe, doña Conce, pero a ese chico le falla algo. Doce años, tiene, y todavía hace esas pavadas. ¿Por qué no lo hace ver?” – Alejandro Roberto Morales era el ser olvidado de esa familia.
Casi siempre fuera de casa, caminando sin rumbo por las calles de Esmeralda con dos o tres parias de la misma edad, jugando desganadamente en un baldío a patear un fútbol de plástico o una lata o una piedra, asomándose a los “juegos electrónicos” cuando su insistencia le procuraba algunos pesos – “del viejo, porque la vieja no me da ni la hora”.
Era uno de los llamados “inadaptados”. Su padre veía en él un reflejo doloroso y agravado de su propia infancia e, incapaz de corregir las fallas, prefería ignorarlo.
Conce lo odiaba profundamente, intensamente. El día que notó ese sentimiento, su instinto materno se trabó en ardua lucha contra él – “Es mi hijo, también. No puede ser que no lo quiera nada. No puede ser que lo odie”. Pero, pasando los años y creciendo Alejandro, desapareció totalmente el afecto que se creía obligada a tener por el bebé, por el niño, dejando lugar a un odio por el adolescente que a veces la asustaba.
Se sentía aliviada cuando no lo veía tirado en un sofá mirando televisión o recostado en su cama con la vista clavada en el techo horas y horas.
A veces volvía de la calle para el almuerzo o la cena – “Si querés, comé, y si no, no comas, pero vení a la una en punto que esto no es un restorán”.
Desde pequeño, el tonto no daba más que disgustos – “Me llamó la Directora. ¿Sos idiota, nene?” ”Dijo Doña Lola que le tocaste timbre y saliste corriendo. Otros, a tu edad, ya tienen novia.” “Cuando Marcelo era como vos…” “Todos no pueden ser como Marcelo, señora”. La comparación era un punto doloroso para Alejandro - “¿Por qué no se meterá a Marcelo en el… ?”.
Raúl pensaba hacerlo entrar en el Correo como cartero o algo así, pero no había vacantes. Además el nuevo jefe, Faustino Núñez, le advirtió claramente. – “Mirá, Morales, no es que yo tenga nada contra vos, al contrario. Casi entramos juntos a esta oficina. Pateábamos las calles por la misma época. Yo te estimo, vos sabés. Pero tu pibe, ¡qué sé yo!, es un vaguito, un tiro al aire. Acá no andaría. Disculpame, viejo, pero aunque hubiera vacantes…” Y el maldito tenía razón. Por eso Raúl no insistió.
Al fin le consiguieron empleo en un taller de bobinados cuyo patrón, rudo y experto en el manejo de los “pibes difíciles”, aprovechaba esa habilidad suya para pagarles suelditos miserables. El lugar se llamaba algo así como “Emporio del bobinado”, pero todos lo conocían como “el reformatorio”, ya que la resaca de la adolescencia esmeraldense pasaba por sus amplios aunque antiguos galpones.
Cuando cumplió los dieciséis, las costumbres de Alejandro cambiaron casi bruscamente. Si antes era poco comunicativo ahora no murmuraba más que monosílabos o casi – “Si” “No” “Me voy” “Chau” – entremezclados con un “¿Qué les importa?” o un “¿Me van a dejar tranquilo?”.
Seguía en el taller, pero en sus horas libres no aparecía por casa. Al principio a nadie le importó mucho, pero después de una semana de no venir a almorzar ni a cenar, llegando con aires misteriosos cerca de la madrugada, Raúl comenzó a inquietarse. “Che, ¿no sabés en qué anda el nene?” “Si no sabés vos. Este sí es hijo tuyo.” (“¡Víbora!”). “Anda raro, ¿no? ¿Vos no sabés nada, Lili?” “¿Qué querés? ¿Que lo ande siguiendo? Tiene dieciséis años, no es un bebe. Andará por ahí, vagueando.”
Alguna vez opinó Marcelo. “Si no fuera tan infeliz, con esa cara de oligo que espanta, podría pensarse que sale a levantar minas… A propósito de infeliz, seguro que tu viejo jamás se encamó con ninguna hasta que se casó con mamá, ¿no, Lili?”

Era casi cierto. Una vez Raúl entró – o, mejor dicho, fue introducido por la fuerza entre unos amigos – en el departamento de una piba – “una loquita” – que por unos pesos se hubiera acostado con un camello. Tendría veinte años, bastante bonita, y parecía dulce hasta que abría la boca para dejar salir barbaridades de los calibres más gruesos, salpicadas muy de tanto en tanto por alguna palabra no grosera. Morales sintió una mezcla extraña de miedo, vergüenza, lástima, asco. Ante la mediasonrisa de la acostumbrada mujer quedó como un impotente, pero no haber podido lo dejó más satisfecho. Sabía que sus órganos responderían bien en cualquier otra condición, pero con esa criatura monstruosamente dulce y monstruosamente pervertida hubiese sido una ofensa para con él mismo.
Antes de eso, ninguna, y después, solamente Concepción Mercedario.
Tres veces por día pensaba en engañarla, pero no encontraba ninguna apropiada. Salvo María Albarracín, que a pesar de sus cuarenta y pico tenía unas caderas y un busto que lo seguían impresionando. Cuando Raúl apagaba el velador y trepaba humildemente al todavía atrayente cuerpo de su esposa, a veces cerraba los ojos e imaginaba que era María. Nunca le dio calce, y además Morales nunca pasó de insinuaciones tan indirectas que la mujer ni llegaba a darse cuenta del muy especial interés que por ella sentía su compañero de labores. No le hablaba claro por sus propios temores y por Faustino, que desde su nombramiento como jefe había recibido de herencia cargo, oficina y amante. Hasta se decía que el marido ya ni aportaba por la casa y que Núñez sostenía su hogar legítimo y el de María. Pero ésas fueron habladurías de los carteros, que no hacen a nuestra historia - ¿o quizá sí?

Esa semana de la que hablamos, Alejandro había prácticamente desaparecido del café de la plaza, de la barra, de las comidas, de la familia.
“¿Vos no sabés nada, Lili?”
“Bueno, sí. Ayer lo seguí. No por ustedes sino porque también yo sentía curiosidad. Salió del taller, lavadito y peinadito que ni se dan una idea. Caminó hasta la parada del 207 y se fue?”
"¿Adónde?”
“¿Y qué sé yo? A La Plata, supongo. ¿Dónde iba a ir en el 207? ¿A Australia?”

Pasados esos siete u ocho días, Alejandro se reintegró a sus actividades – o inactividades – habituales. Iba al taller, almorzaba y cenaba en casa, pero estaba raro. Cuando se quedaba mirando el techo horas y horas, no era como antes. Pensaba. Estaba preocupado por algo.
“¿Qué tenés, Alex?”
“Nada, viejo, nada.”
“Estás raro.”
Marcelo aportaba su dosis, remedando el tono paterno - “Yo también te noto más turbado cada día, nene”, y soltaba una estruendosa carcajada. – “A vos te faltan minas y te sobran dedos.”. Alejandro lo miraba con una mezcla de repugnancia y odio, le contestaba alguna grosería y se refugiaba en su pieza.
"¡Nene! ¡Volvé que te vas a debilitar!” – gritaba su medio hermano desde la cocina.

Al mes siguiente se repitieron las ausencias del muchacho. Las pocas veces que su padre se cruzaba con él lo notaba ojeroso, pálido, desganado. Cuando estaba en la casa permanecía encerrado en su cuarto.
Una tarde llegó Raúl al departamento y al cerrar la puerta de calle vio que se abría de pronto la de la habitación de Alex. El rostro de su hijo, blanco; sus ojos, demasiado abiertos, y todo su cuerpo temblando.
“Viejo, necesito guita.”
“Pará, pará. Serenate.”
“Guita, viejo, pronto. Si me querés como vos decís, prestame plata.”
“Sí, nene. Pero, ¿para qué?”
“No te puedo decir, viejo.”
“¿En qué cosas raras andás?”
“Prestame la guita o no me la prestés, pero no me preguntés.”
“¿Y lo que te pagaron hace unos días en el taller?”
“No me alcanzó. ¿Me vas a prestar o no?”
“Tenés líos con alguna mujer?”
Alejandro soltó el brazo de su padre. Maldiciendo por lo bajo ya regresaba a su cuarto, más agitado y tembloroso que antes.
“¡Nene! Vení. Te presto. Si no querés, no me cuentes. ¿Necesitás mucho?”
Alex le dijo cuánto.
“¿Sos loco? Es la mitad de mi sueldo. ¿Y cómo llegamos a fin de mes?”
“En la perra vida te pedí nada, viejo. Pero parece que Marcelo y mamá tienen razón. Para lo único que servís…”
Raúl lo interrumpió.
“Está bien, nene, está bien. Te lo doy. Y no te voy a preguntar nada”
Entró a su dormitorio. Al salir traía varios billetes de los grandes. No estaba seguro de estar obrando bien. ¿Qué haría Alejandro con ese dinero? Pero peor hubiese sido oírlo, a él también, completar la remanida ofensa – o la verdad – de que sólo servía para vender estampillas.
El muchacho casi le arrancó el dinero de las manos y corrió hasta su cuarto. Forcejeando para ponerse una campera plástica – lo primero que encontró – pasó de regreso junto a su padre sin mirarlo. En dos zancadas desmesuradas y un manotazo al picaporte estuvo en el pasillo. Un segundo después, la puerta entreabierta mostraba el lugar vacío, en tanto que un ¡clac! seco de puerta de ascensor hacía volver a Raúl a la semirrealidad habitual.
“¿En qué andará éste?” – pensó mientras cerraba lentamente la puerta de entrada. Y con temor: “¿No habré hecho otra de mis estupideces al darle tanto dinero?”
Hizo mil malabarismos administrativos. La Conce no se enteró de la dramática reducción del presupuesto mensual.

Casi diez días pasaron sin que padre e hijo se volviesen a ver más que de ascensor a pasillo, de cocina a habitación. Si ocurría que coincidían brevemente en algún lugar, Alex dejaba caer un “Hola, papá” tembloroso.
Estaba más pálido y ojeroso cada día.

Era cerca de fin de año de ese 1982 que había sido duro de soportar para Raúl Hugo Morales. El Correo en esos días, como en todos los previos a las fiestas. Una cosa de locos. Gente con tarjetas, cartas, paquetes.
Telegramas a diestra y siniestra. - “Felicidades” … “y un próspero año nuevo”.
Gente para franqueo – “De tanto, seis, y de cuánto, dos” “No tengo cambio, y no me vaya a dar estampillas como vuelto porque yo quiero monedas” “Expreso” “¿Cuánto vía aérea a Chile?” “¿Llega, diga, o mando certificada?”.
Gente enviando giros salvadores – “…y resulta que no pensaba, vieja, pero el Tito fue al Casino y yo no me iba a quedar solo en el hotel”.
Gente que hacía filas, hileras, colas, frente a las ventanillas, gritando, empujando, transpirando – “¡Eh! ¡A la cola!” ”¡Eh! ¡Usted! ¡Sí, vos, no te hagás el vivo!” ”¡Apurando! ¡Apurando que esto es un horno!” “¿No aprenderán nunca?” “Haga con tiempo sus envíos de fin de año.” “¡Qué van a hacer!” “Siempre a último momento”.

Raúl Hugo Morales permaneció casi una hora más de su jornada obligatoria en la oficina postal para ayudar a clasificar. Cuando se tiró el saco sobre el hombro, buscó un pañuelo para enjugar el abundante sudor que manaba de su frente. Un saludo al aire – “Tá mañana!” – para quien quisiera ser el destinatario, y salió del viejo remodelado local.
La calle angosta y sus veredas rotas se veían desiertas bajo el sol que se arrojaba lentamente tras el horizonte luego de una labor de castigo implacable. Rojo infinitamente lejano, a Raúl se le ocurrió que tal vez los antiguos tenían razón y que el Sol era dios.
Llegó a la esquina. Iba a iniciar la travesía, el cotidiano cruce de la avenida, cuando una voz a sus espaldas lo detuvo.
“¡Viejo!”
Giró lentamente.
“¡Alex! ¿Qué hacés acá?”
“Viejo, te esperaba. Hace una hora que te esperaba.” – Demacrado. – “¿Qué te pasaba que no salías?” – Palidísimo. – “Una hora. Ya creía que hoy no habías venido al laburo. Pero como vos no faltás nunca…”.
“Estás mal, Alejandro. ¿Qué te pasa?”
“Nada, viejo, no me pasa nada.”
“Pero si te estás cayendo…”.
“Viejo, te digo que no pasa nada. Es el calor. Este sol de mierda.” – Temblaba. Hablaba con Raúl pero no lo miró a los ojos ni por un instante. “Viejo, necesito guita.”
“¡Otra vez!”
“Sí, otra vez. Se me acabó y la necesito.”
“No tengo más. Te di un montón hace diez días, y hasta que no cobre…” .
“La necesito, viejo, me la tenés que dar. Conseguila en cualquier lado. Por favor, viejo.”.
“No puedo. A mí nadie me presta nada, salvo uno de esos usureros que…”
“Sí, viejo, claro, un usurero, eso. Necesito la guita, viejo.”
Morales se puso serio, muy serio. Miró a Alejandro que como un enloquecido seguía suplicando, implorando, reclamando, llorando por el dinero. Lo tomó del brazo y lo arrinconó contra la pared.
“Me vas a decir para qué lo querés.”
Se asustó el mismo de su desacostumbrada reacción. Alejandro también lo miró con sorpresa.
“No puedo, viejo, no puedo.”
Lo soltó de golpe.
“No te doy un mango.”
“Mirá que me voy y no me volvés a ver.”
“Decime para qué es.”
Aflojaba.
“Me voy, viejo, ¿eh? Para siempre me voy.” Amenazando.
“¡Para qué querés la plata!”
“Te lo dije. No me preguntés nada.”
Jadeaba como un enloquecido. Lloraba.
“No te doy nada.”
“Viejo podrido.”
“Callate, Alex.”
“Infeliz, claro que sos un infeliz.”
“Por favor, Alejandro, no levantés la voz que estamos en la calle.”
El muchacho dio media vuelta y salió casi corriendo.

Raúl se quedó tieso, viendo alejarse a su hijo. Casi estaba convencido de haber obrado correctamente. Ya dudaría dentro de algunos minutos – siempre dudaba de todo lo que hacía y de lo que dejaba de hacer.
Cuando Alex se perdió detrás de una esquina, pareció romperse el hechizo. Raúl Hugo Morales caminó lentamente hacia la casa. En su cerebro lento y poco desarrollado iba creciendo a cada paso una confusión tremenda.
“¿Y si el nene no vuelve? Es tan raro el pibe… ¿Para qué querría tanta plata? Debe estar metido con alguna tipa que lo ha enloquecido. Mañana voy a hablar con él y le daré una mano. ¿Y si no vuelve?”
Seguía aproximándose sin prisa a la entrada del edificio del que su departamento formaba parte.
“Adiós, Morales.”
“Chau, Luis.”
Mientras cruzaba el hall rumbo a los ascensores, cavilaba.
“Con chorros no anda, si no le sobraría guita. Además, Alejandro es bueno. Revoltoso, despiolado, como cualquier pibe de su edad, pero jamás hizo cosas graves. No. Alejandro es incapaz de cometer un delito serio como robar.”.
Llegó el ascensor y Raúl entró acompañado por una vecina del noveno.
“Tardes…”
“Buenas tardes, Marta, ¿Qué tal?”.
Tardó tres pensamientos en llegar al séptimo.
“¡Deuda de juego! Capaz que es una deuda de juego. Pero, ¿tanta guita en tan pocos días?”.
Se detuvo la jaulita. Morales abrió la puerta con automatismo robotiano. Sonrió a la vecina que debería recorrer sola el breve trayecto de dos pisos hasta el suyo.
“Adiós. Que le vaya bien.”
“Adiós, Morales, saludos a la Conce.”.
“Gracias, igualmente.”.
Al terminar de pronunciarla, esta última frase le causó gracia.
“¡Igualmente! ¡Como si la vecina también fuese a trasmitirle saludos a la Conce!”
Ya no tuvo más ideas. Ni en el pasillo – la cerradura andaba mal y abrir era una tarea que ocupaba todo su intelecto, - ni en el comedor. Fue a dejar el saco en el placar de su habitación. Abrió la puerta y tomó la percha de siempre. Sin saber por qué, giró la vista hacia su mesa de luz. Quizá para confirmar la hora con el viejo reloj despertador.
Junto al velador sin pantalla estaban las aspirinas.
“¡Esta Conce! Aspirinas a cualquier hora. Que la cabeza, que el reuma… ¿No se da cuenta de que son una droga?”
Cuando la palabra final recorrió sistemáticamente los peldaños de su lógica y se alojó en su rudimentario casillero cerebral, Raúl tiró el saco y la percha, iniciando una carrera desesperada hasta la habitación de Alejandro. Se arrojó casi sobre la pequeña cómoda donde su hijo guardaba desde niño sus escasas pertenencias. Volaron medias, lápices, pulóveres, pañuelos, una caja de preservativos multicolores, fotografías familiares, un recorte de diario, algunas hojas con ilustraciones generosas de una revista de ésas, monedas, otro pulóver, más pañuelos… Y allí, como suele ocurrir, en el rincón más oculto del último cajón de la pequeña cómoda donde su hijo guardaba desde niño sus escasas pertenencias, escondía Alex una jeringa hipodérmica.
“¿Te volviste loco, vos?”
Conce entró en la habitación sembrada de lápices, pañuelos, fotografías, preservativos.
“Me paso arreglando todo el día y después venís vos o tus hijos y tiran todo, ensucian todo… “.
Miró por encima del hombro de su marido.
“¿Qué pasa? ¿Qué hay?”
Vio la jeringa delatora. Mientras el rostro de Raúl se bañaba en un mar de lágrimas, resonó una terrible carcajada allí, junto a la cómoda, a un metro apenas de la evidencia del drama – del cuerpo del delito, como diría el casi doctor Morales.
“¡Drogadicto! ¡Já! ¡Hijo tuyo tenía que ser! Lo único que faltaba. Tu nene, drogadicto. Mañanala Lili cae embarazada y completamos la fiesta. ¿Te das cuenta de que es tu sangre la que no sirve para nada? Fijate el Marcelo, sinó.”
Debió haber seguido vomitando mucho rato más, pero Raúl, absorto en su estupor, en su pena, como caído en el fondo lejano de un increíble precipicio, no pensaba, no oía, no nada.

Alejandro nunca regresó. Acompañado a veces por Lili pero generalmente solo, Morales recorrió calles, talleres, bares, plazas. Buscando y preguntando.
Una tarde de abril del 83 atendía al escaso público habitual de la oficina de correos. En un determinado momento, María le tocó el brazo.
“Morales, mire ese tipo.”
Raúl miró. Aparentaba cuarenta o cuarenta y cinco años, bien vestido. Pidió un formulario de giro.
“¿Qué tiene de raro?”.
“Cállese y mire. Después le cuento.”.
Pagó importe y comisión, introdujo el giro en un sobre que cerró con cuidado. Se acercó a la ventanilla de Morales. – “Expreso.”. Raúl lo seguía observando, a veces de reojo, pero le parecía un tipo común. Comprobante en mano, se dirigía hacia la salida.
“El auto, Morales. Fíjese en el auto.”.
Era una barbaridad metálica. Modelo ochenta y uno, a lo sumo, espectacular como los que se usaban en competencias internacionales.
María sabía que Alejandro ya no vivía con sus padres, pero nada más.
“Tiene cantidad de dinero ese tipo. Es de La Plata, ¿sabe? Lo conoce mi cuñado. Anda en asunto de drogas. Vende… ¿cómo le dicen? Tratante de drogas o algo así.”
Traficante. A Raúl se le detuvo el corazón una eternidad.
“Traficante. Odiado. Maldito.”
En su periplo afanoso tras la huella del hijo perdido había intentado conocer alguno, pero estaban ocultos por una hermética cadena de complicidades.
En su mano temblorosa sostenía aún la carta que enviaba ese hombre. “Ricardo Páez, calle 1 nro….”. “Ricardo Páez, traficante de drogas”. Sacó su pequeña agenda y anotó.
La carta iba dirigida a un Federico Schmuckter o algo parecido, del barrio de Constitución, en Buenos Aires. Por cualquier cosa, copió también la dirección.
El monstruo amorfo de cien cabezas que había devorado a su hijo tenía ahora rostro. El rostro de Ricardo Páez. Ese hombre del automóvil espectacular comprado con las vidas de muchos Alejandros. Ese hombre que escribía cartas y pegaba las estampillas en el sobre mojándolas previamente, con una elegancia admirable, en la húmeda punta de su lengua.
“¿Es que nadie usa la almohadilla?” – pensaba Morales cada vez que veía – y era lo más frecuente – las breves caricias linguales del público contra los dorsos engomados. No, nadie la usa, o casi nadie. 


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