Realmente, el planeta éste que compartimos anda algo revolucionado por estos días. Aunque, visto en el conjunto de su historia no son estos sus sacudones más fuertes. ¿Se imagina cómo habrán sidos los tiempos durante la formación de la Cordillera de los Andes, por ejemplo?
Por suerte aún estamos vivos y nos podemos reunir en el cafecito. No todos tienen esa fortuna por estos días.
¿Sentiste los temblores? Muchos amigos y alumnos me dijeron que aquí en Esquel notaron los cimbronazos, que todo se sacudió un poco. En casa, mi sistema olgalectrónico de alertas funcionó y me despertó con la novedad cada vez. ¿Por tu casa también se notaron?
Las imágenes de Chile, ¿las viste? ¡Qué terrible! ¡Cómo una situación límite desnuda lo mejor y lo peor de los seres humanos! Porque nos muestran los saqueos pero no dudo de que deben suceder hechos heroicos a cada minuto, cuando los vecinos se ayudan entre sí, cuando se recobra una nueva víctima con vida. Pero esto no debe ser noticia y por eso se exhibe lo peor.
¡Hola, mocito! ¿Cómo andás? No, hoy no quiero cafecito. Prefiero un submarino como el del otro día, ése que estaba tan sabroso. Y tres medias lunas para mí... o mejor cuatro, para compartir con mi amigo.
Me voy a dar el gusto por si las moscas, como decía mi tío abuelo Generoso que vivía en la Gran Vía de Madrid. Creo que era Avenida José Antonio 12. Tenía una pensión llamada "Delfina" en el cuarto piso de un edificio.
Ya sé que todo esto mucho no te interesa pero a alquien se lo tengo que contar. ¿O no?
En la página de El Mundo estoy publicando esa novela que te había anticipado. Acabo de colocar el tercer capítulo. Y me sucede algo extraño.
¡Ah!, ¡el submarino!. Sí, ya sé, está recaliente. Esperaremos. Gracias, muchacho.
Amigo, hagamos la lógica: dos medialunas para cada uno. De las argentinas, como ves, no muy grandes. Porque un día pedí tres medialunas en un barcito de Colonia, en Uruguay, y el mozo me miró con ojos extrañados. ¿Las vió? - me preguntó. Cuando les eché un vistazo, resultó que eran enormes y rellenas con queso derretido y creo que algo de fiambre. Allí me sonrojé un poco y corregí: "Una sola, gracias".
Ese día en Colonia fue mágico. Había ido porque eran tiempos en los que organizaba paseos turísticos y pasar el día allí era maravilloso. Íbamos por Alimar, la empresa de alíscafos.
Pero cuando llegué un domingo para preparar el siguiente viaje que haría una semana después, salí a caminar y a conversar con una gente maravillosa que estaba sentada en la puerta de su casa o en la plaza General Flores. Y cuando paré en ese barcito de las medialunas gigantes, pregunté cómo podía conocer algo de la ciudad.
El mozo me señaló un señor que estaba leyendo el diario y tomando su café. "Pregúntele a él. Es el intendente".
Me acerqué con timidez y no tuvo que preguntarle nada porque había oído mi breve charla con el mozo.
"Siéntese, amigo", me invitó.
Una conversación amistosa y luego lo inesperado: "Espere que yo lo llevo en mi automóvil a recorrer la ciudad". Y así fue. El coronel Artigas Miranda Dutra, intendente de Colonia y profesor del Liceo, me mostró palmo a palmo esa ciudad maravillosa. Increíble.
Por supuesto, la excursión del siguiente domingo fue espectacular. No era para menos. Aunque tuve algunos inconvenientes por mi inexperiencia. De eso quizá otro día te cuente.
Bueno, amigo. Debo irme. Es domingo pero vos sabés que es para mí un día de trabajo.
Espero que no tengamos más novedades geológicas ni de otras desagradables. Es preferible que no haya noticias, porque dicen los alemanes "Keine Nachricht, gute Nachricht", y los ingleses "No news, good news."
Cuidate. Y probá estos submarinos de aquí que son espectaculares.
¡Aquí te dejo..., mocito! ¿Armando era tu nombre? ¡El vuelto es para vos!
Hasta el próximo cafecito. ¡Chau!
